Reseña: Longlegs

El juego de las expectativas le va a tirar en contra. Pero no importa, por una vez tenemos buenas noticias: Longlegs (Osgood Perkins – 2024) está a la altura de lo que se dice de ella.
Es cierto, esta película es la hija pequeña, rara y oscura de El silencio de los inocentes (Silence of the Lambs – Jonathan Demme – 1991) y Pecados capitales (Seven – David Fincher – 1995). Y si esos son los padres, la trama tendrá que ver con esa obsesión norteamericana, que son los asesinos seriales. Pero hay un twist, un toque de limón en este trago, ya que su director, Osgood Perkins, da el paso definitivo que aquellas dos no se animaron a realizar: ingresa en el mundo del terror sobrenatural con firmeza y sin vergüenza. No le provoca escozor, sino que abraza a Satanás sin temor a que le pidan explicaciones, que de cualquier manera no va a brindar. En 2024 el público es diferente –ni mejor, ni peor– y Longlegs es una película que pertenece a este tiempo y conoce a su espectador.

El inicio, filmado en formato cuadrado, provoca escozor. Un nevado día de invierno, un auto llega a las proximidades de una casa aislada. Una niña, llevando su cámara Polaroid en la mano, sale de la casa al encuentro del conductor, que desaparece del auto y aparece por sorpresa a sus espaldas. No hay dudas: es el monstruo y le dicen Longlegs. Vemos la escena desde el punto de vista (y la altura) de la nena. Por menos de un segundo antes que la toma se corte, Longlegs se pone a la altura de nuestros ojos.
No sabemos en qué tiempo estábamos en la escena inicial, pero luego de los títulos y ya con la pantalla ancha, sabemos que estamos a mediados de los noventa. La evidencia es el cuadro del presidente de EE. UU. en ese entonces, Bill Clinton. La agente novata Lee Harker (Maika Monroe) es enviada a “golpear puertas” en pareja con el agente Fisk (Dakota Daulby). Como esto es una película, rápidamente se define a los personajes: Lee presiente cosas. Tiene poderes psíquicos. Señala una casa específica; una puerta a la que golpear. La escena es violenta, catastrófica y abrupta.

A partir de aquí, y de su acierto, la agente Lee será seleccionada para el grupo que encabeza el agente Carter (Blair Underwood), que tiene como objetivo dar caza al misterioso Longlegs, un asesino en serie con un método particular: no hay evidencia física que se encuentre de cuerpo presente cuando mata a sus víctimas –familias enteras– pero deja una nota en clave cifrada, firmada “Longlegs”. La nota, por supuesto, es una referencia al asesino del Zodíaco, que azotó San Francisco a finales de los sesenta e inicios de los setenta, e inspiró decenas de películas, entre ellas Harry el Sucio (Dirty Harry – Don Siegel – 1971) y Zodíaco (Zodiac – David Fincher – 2007). La ausencia del asesino en el lugar del crimen, con la certeza de que es el instigador, referencia a los crímenes de Charles Manson. La teoría que manejan los agentes es que Longlegs fuerza al padre de la familia a realizar los asesinatos, para luego suicidarse.
El lugar es Oregón, un estado enorme, con largas rutas que atraviesan bosques, y casas aisladas unas de otras. Oregón fue el escenario para el episodio piloto de Los expedientes secretos X (X Files – Chris Carter – 1994 – 2002 – 9 temporadas). Parece azaroso escribir este párrafo, pero recordemos, el agente a cargo de la investigación se llama Carter, y Longlegs, además de las películas citadas, abreva en las aguas de esa gran serie, hoy olvidada, que fue Millennium (Chris Carter – 1996 – 1999 – 3 temporadas). Cabe destacar que, en Millennium, el exagente del FBI Frank Black (Lance Henriksen) se dedica a atrapar a asesinos seriales. Tiene la habilidad de percibir el mundo como los asesinos, como una suerte de poder empático. En el mundo de Millennium, el satanismo y los demonios están más que presentes.

La cacería que parece imposible, ya que el FBI lleva tres décadas buscando a Longlegs, dará un vuelco con los poderes de Lee, y sobre todo cuando el mismísimo asesino la comience a acechar. Aquí terminaría la reseña de un diario o de una revista, o hasta de las páginas de crítica más populares. Faltaría un párrafo sobre la caracterización de Nicholas Cage como Longlegs, o completar el elenco. Pero esto es la Revista 24 Cuadros, y no se escribe del estreno de una de las películas del año para no decir nada. A partir de aquí puede haber un spoiler.
La película está dividida en actos. Sobre el final del primero tenemos la escena pivote, que abrirá todos los mundos posibles de la película. Lee llega a su casa por la noche. Por supuesto, parece estar aislada y en medio de un bosque. Percibe que algo está mal. No obstante, llama por teléfono a su madre Ruth (Alicia Witt). Mientras habla con ella, detecta una figura que la observa desde afuera. Los espectadores, además, ven otra cosa. Hay una sombra demoníaca dentro de su casa. Lee sale, de noche, a perseguir a quien la observaba, solo para darse cuenta de que el stalker está ahora está dentro de su casa, y le deja un mensaje cifrado, que Lee, con sus poderes cognitivos, logra descifrar. El mensaje en cuestión la compele a guardar silencio, bajo amenaza de matar a su madre.
La película es pequeña. No hay demasiados personajes ni grandes locaciones. Casi no hay espacios públicos –apenas un bar– ni gente. Todo es acotado, austero y efectivo. Y en esas condiciones, además, el espacio y la decoración juegan a favor. El mal está suelto y no podemos hacer nada contra él en este terreno. Nos acecha de noche; y si nos ataca de día, nadie puede protegernos, ya que estamos lejos unos de otros. Estas granjas aisladas en medio de la nada son el lugar ideal para que el mal explote a sus anchas; y lo mismo ocurre en estas casas impersonales en condominios. Nadie abre sus ventanas. Hace frío. Está nublado. La oscuridad nos abruma.

En casi cada escena el espectador siente que el peligro acecha. Los bordes de cuadro son filosos. Por cualquier lado puede sorprendernos. Esto se plantea desde el inicio, cuando Longlegs, en cuadro parcial, nos sobresalta ingresando desde arriba. Todo el tiempo tenemos presente esta sensación. Detrás de una puerta puede haber un balazo en la cabeza. En el espacio negativo del cuadro, puede aparecer una sombra. La película genera de manera permanente un clima de desasosiego y tensión.
Usualmente, la revelación del monstruo en cualquier película sirve como clímax para luego disolverse. Incluso, en algunos casos, es perjudicial. No es el caso. La aparición de Longlegs, lejos de disipar el terror, lo incrementa. No es solo la caracterización, sino también la actuación. Cage desaparece dentro de esta máscara que parece la de una víctima del Dr. Lotocki, blanqueada con soda cáustica. Su tiempo en pantalla es acotado y cada segundo es aprovechado al máximo. Desde la primera escena, a través de los ojos de la niña, el monstruo está a la altura de su construcción.
En el mismo sentido, el misterio final de la película se sostiene y perdura más allá de los títulos. ¿Cómo logra Longlegs convertir a los padres de familia en asesinos? ¿Qué significado tiene la esfera metálica que coloca en la cabeza de sus muñecas? Si aceptamos que Lee tiene poderes psíquicos, debemos aceptar que existe una contrapartida que hace lo propio. De alguna manera aceptar el verosímil del don sobrenatural, forzosamente nos hace aceptar la existencia de Satanás. El enigma de los muñecos como instrumento de la posesión no es resuelto en la trama, pero es reconocido; para ello sirve el personaje del forense, que extrañamente tiene parlamentos en una película en que se cuentan con los dedos de una mano a los miembros del elenco.

Es usual que las películas de terror se pierdan en su tercer acto, cuando la encarnación del mal sea menos terrorífica de lo que esperamos. Le pasa a Cuando acecha la maldad (Demian Rugna – 2023) y a Barbarian (Zach Cregger – 2022), entre tantas otras. Longlegs acierta utilizando sus propias limitaciones; los pocos personajes, los entornos aislados y la economía de recursos. Así, la película termina antes de disolverse. Desde cualquier punto de vista, uno de sus triunfos es haber llegado a ese final. No hay un momento del tercer acto en que la tensión se relaje ni se agote. La prematura muerte del monstruo, solo sirve para confirmar que el mal no abandona este mundo. Como en Pecados capitales, lo que está obligada a hacer la protagonista es el triunfo definitivo de la victoria del demonio ¿o a alguien se le ocurre que puede haber símbolo más definitivo que el tener que matar a la propia madre?
Osgood Perkins logra una película que plantea imágenes perturbadoras en un clima de tensión permanente. Lo hace sin adentrarse en el gore, ni generando un festín descontrolado de jumpscares. Elige caminar por el terreno del terror –podría tranquilamente haber sido un oscurísimo thriller– y hacerlo de manera elegante. Juega con imágenes subliminales, guiños demoníacos y mucho del imaginario de la historia de los serial killers reales y de la ficción.
El apellido es ilustre. Osgood es hijo de Anthony Perkins, el protagonista de Psicosis (Psycho – Alfred Hitchcock – 1961). Ha declarado en múltiples ocasiones que esta película proviene de su propia experiencia de vida, en la que su madre creó la ficción, lo engañó, para crear la idea de familia idílica y feliz, cuando en realidad su padre vivía una doble vida.

Las películas anteriores de Osgood Perkins son La enviada del mal (The Blackcoat’s Daughter – 2015), Soy la cosa bella que vive en esta casa (I Am the Pretty Thing That Lives in the House – 2016) y Gretel y Hansel (2020). Tranquilamente podría inscribirse a Perkins entre estos directores surgidos de las canteras de A24, Blumhouse y Neon, y que de forma despectiva se los trata como “nuevo terror” o “terror elevado”. La realidad es que Perkins, como Ari Aster, como David Robert Mitchell o Robert Eggers, tienen otra cualidad, para bien o para mal, que es que se toman en serio –a veces demasiado en serio– a ellos mismos y a sus films. No hay espacio para el humor, como pueden tenerlo Jordan Peele y Ty West. Se espera que The Monkey, su próxima película, una adaptación de un cuento de Stephen King, lo saque del tono grave.
De cualquier manera, en el extraño subgénero de películas de “terror elevado”, Longlegs es un triunfo. Es una película que no da respiro, que asusta y que se permite dar el salto al otro lado del thriller de asesinos seriales, sin quedar en ridículo. Por supuesto que cita a otras películas –como miles en la historia de cine–, pero de todos los listillos que escriben sobre cine en miles de páginas como estas, ninguno se dio cuenta de que su principal cita es a una serie cancelada hace casi 30 años, en la que se explicaba, más o menos, que el diablo caminaba por Estados Unidos en varias pieles, y que eso –o el capitalismo, ¿quién sabe?– es la única explicación por la que en el gran país del Norte tienen más asesinos seriales que hospitales públicos.



