Ladrón de mi cerebro, sobre The Taking of Pelham 123 

En Perros de la calle, el por entonces debutante Quentin Tarantino contaba la historia de un grupo de criminales que ejecuta un asalto a una joyería que sale mal. Entre las particularidades de la historia, estaba el hecho de que los ladrones se llamaran entre sí con nombres de colores.

Se trataba de uno de los elementos del film que, como en toda su filmografía, era tomado de otra película. Esa película es, claro, La captura del Pelham 1-2-3. Al igual que en la ópera prima de Tarantino, aquí hay un robo organizado entre personajes que no se conocen entre sí (al menos, no todos ellos), y que esconden sus identidades nombrándose por color. La cuestión de los colores, que en Perros de la calle daba lugar a una escena hilarante donde decidían cómo iba a llamarse cada uno, en La captura del Pelham 1-2-3 resulta ser más importante de lo que aparenta a primera vista. No parece casual que el nombre del líder de la banda criminal fuera Azul, color que se asocia con la calma y la serenidad, pero también con la frialdad, ya que este personaje será el que lleve adelante el plan de robo de forma meticulosa y ordenada, y a la vez es capaz de lanzar amenazas de muerte a civiles con suma tranquilidad mientras resuelve un crucigrama. El otro personaje de importancia en el robo es el señor Verde. Este color se asocia a la esperanza, algo que el personaje, sin entrar en spoilers, experimenta hacia un momento determinado. Pero también puede vincularse a la enfermedad y a la flema, una característica del personaje, dado que estornuda seguido; algo que en la película podría parecer apenas un rasgo y termina siendo de importancia en la resolución, mediante un chiste maravilloso que incluye la cara del actor Walter Matthau en primer plano.

Al igual que sus nombres, los oficios de los secuestradores tienen una función similar a la que cumplen en el grupo. Esto se evidencia en un momento cuando nos enteramos, a través de las pistas de la policía, que el señor Azul es un excoronel del Ejército inglés. O sea, alguien encargado de dar órdenes a un regimiento, que es idéntico a lo que hace en el robo. El señor Verde, por su parte, es un antiguo maquinista despedido por haber quedado involucrado en una redada de drogas, y su inocencia en aquel hecho se refleja en su carácter cándido y un poco patético.

La diferencia central entre Perros de la calle y La captura (…) es que ahí donde Tarantino nos escamoteaba el robo, en la película de Joseph Sargent este hecho es el que ocupa la mayor parte del relato. A la vez, en Perros de la calle la presencia de las fuerzas de la ley se reduce a un personaje infiltrado dentro de la banda, y a la aparición de la policía hacia el final. La captura (…), en cambio, trabaja alternando en su montaje tanto la toma de rehenes y el pedido de dinero de los criminales, como la intervención de la policía y las autoridades para resolver la situación. La tensión entre ambas fuerzas se incrementa a medida que los secuestradores imponen sus condiciones. Ahí aparece uno de los puntos más interesantes de la película, que es el de enfrentar a dos grupos de personajes que no se ven entre sí casi hasta el final, a través de una dinámica donde uno de ellos intenta ejercer el poder sobre otro. El choque entre Garber, el teniente de la policía de tránsito, y el señor Azul, líder de los secuestradores, sólo tiene lugar a través de la comunicación por radio.

Esta decisión de confrontar a dos personajes en los lados opuestos de la ley, escamoteados a la vista del otro y mediante un dispositivo, hace que uno pueda vincular a La captura (…) con la obra maestra mayor del cine de acción que es Duro de matar. Allí veíamos cómo John McClane, un policía neoyorquino, se veía obligado a salvar a los rehenes de un rascacielos durante el asalto por un grupo de supuestos terroristas al mando de Hans Gruber, su sádico jefe. McClane y Gruber se comunicaban por radio durante la mayor parte del metraje, y recién llegaban a verse las caras promediando el clímax. Sin embargo, en Duro de matar, aunque casi no se vieran, los dos personajes estaban en un mismo espacio (el edificio). En La captura (…), en cambio, Garber y el señor Azul están alejados el uno del otro. Esa distancia le da al jefe de los secuestradores la ventaja de utilizar el tiempo y la vida de los rehenes en su favor para pedir el dinero.

Quizás en esta dinámica de poder es donde aparece otra cuestión muy llamativa que es la del retrato de las fuerzas policiales. A diferencia de otros policiales norteamericanos de los 70, como son Contacto en Francia o Harry el sucio, que mostraban una policía brutal y desagradable, que ponía siempre el cuerpo ante el peligro, y que más de una vez se encontraba quebrando las leyes para atrapar a quienes operaban por fuera de ellas, en La captura (…) aparece mucho más contenida. Aquí los agentes de tránsito, antes que moverse, están quietos (vaya paradoja), y hacen uso más del cerebro que del músculo, especulando sobre el plan de fuga de los secuestradores. No son antihéroes como los policías de aquellas películas, ni tampoco personajes a los que uno podría describir como heroicos. Se trata, más bien, de un grupo de personas que ejercen su oficio como cualquier otro y se ven envueltos en un hecho extraordinario; son trabajadores que de repente tienen que lidiar de la mejor manera posible con una situación tensa y peligrosa y ver cómo la resuelven para que todo vuelva a la normalidad. En este sentido, resulta molesta la inclusión de un personaje como el policía de incógnito, alguien que se apura para detener a los secuestradores, y que paradójicamente aparece demasiado tarde y de forma un tanto descolgada.

El hecho de que veamos tanto la planificación del robo de los criminales, como la organización de los policías para detenerlos, se traduce en una de las características más fascinantes de la película, que es la posibilidad de que queramos tanto el triunfo de los unos como de los otros. O sea, uno como espectador puede al mismo tiempo admirar la habilidad y el virtuosismo de los ladrones, ansiando que logren su cometido, como esperar un final “correcto” desde un lugar moral, donde la policía logre atraparlos y libere a los rehenes. Será por eso, también, que La captura (…) juega hasta el final con estirar el éxito del plan criminal para que nos preguntemos cómo va a terminar, cosa que la película responde con sutileza y de forma cómica en su último plano.

Por otro lado, si los tenientes de la policía de tránsito aparecen como personas comunes y corrientes, las autoridades gubernamentales son retratadas directamente con humor pero también mordacidad, como estúpidas e inoperantes, y más preocupadas por su propio bienestar que por velar por la seguridad de sus ciudadanos. Esto se ve en la figura del alcalde Al, personaje que prefiere reponerse de una gripe antes que ocuparse de la situación del tren. Llega a tal punto de egocentrismo que, cuando se lo convence de entregar el dinero del banco a los ladrones, sólo accede pensando que los rehenes podrían llegar a votar de nuevo por él. Ahí es donde uno podría vincular a La captura (…) con un rasgo común presente en la mayoría del cine norteamericano de los 70: la cuestión de una sociedad desprotegida, donde la violencia está al orden del día, y en la que el poder político se mira con desconfianza (como se muestra en Taxi Driver), a tono con un país aún inmerso en la guerra de Vietnam y con los ecos del caso Watergate (La captura (…) es de 1974, año de la renuncia del presidente Nixon).

Hay otro aspecto donde uno podría relacionar a La captura (…) con el cine de su época. Pero esta vez no desde un lugar temático, sino desde su lugar de producción. Se trata de un tipo de cine que en los 70 era moneda corriente. Una película de estudio, acaso menor y de presupuesto medio, destinada a público adulto, enmarcada dentro de un género clásico (el thriller), ligera y entretenida sin resignar profundidad, y que podía narrar bien una historia teniendo de fondo una mirada sobre el mundo, y en particular sobre su propio tiempo. Un tipo de cine que hoy Hollywood casi no hace porque, al igual que el vagón de tren secuestrado en esta película, parece haberse perdido.