Arturo a los 30: un poco de azúcar amargo

Escribir sobre algo que gusta mucho paradójicamente resulta complejo (o al menos a quien escribe en este momento). Suele suceder que hay criterios para establecer o indicar cuando algo nos gusta o nos parece bueno para recomendar u opinar sobre eso, pero ¿qué pasa cuando algo nos genera tanto y no es muy fácil explicar por qué? Cuando entra en juego el placer estético no existe una guía que nos señale el cómo hablar de eso. Si algo nos gusta, no tiene muchos rodeos, y entonces hay un desafío: tratar de ser objetivo y fingir tener neutralidad para hablar, pero en este caso no pretendo hacer eso y como advertencia digo que Arturo a los 30 fue la película que más me gustó del 2023, que más veces vi y más recomendé.
La última película de Martín Shanly no lo encuentra solo como director, sino como coguionista (junto a Federico Lastra, Victoria Marotta y Ana Godoy) y protagonista, se estrenó en febrero del año pasado en la Berlinale y BAFICI, y llegó a las salas en octubre. Una historia sencilla: la asistencia de un amigo a un casamiento que transcurre durante el día.

Arturo (Shanly) es el narrador de la historia que nos abre un diario íntimo donde, desde la primera escena, nos vaticina que ese día es el peor día de su vida y para saber los pormenores vamos a tener que esperar. Estamos en marzo del 2020, el mes y año de la catástrofe, es el casamiento de Daphne, su mejor amiga, de quien se encuentra distanciado por situaciones que de momento no conocemos. Arturo espera y entra último a la iglesia ante una situación ajena que lo ubica en la incomodidad de una ceremonia religiosa. Cochecitos de bebés amuchados en la entrada, cánticos religiosos, un murciélago y el beso de la paz entre desconocidos inauguran el inicio del film que muestra con acidez el aspecto de los casamientos.
Después de varios incidentes, Arturo logra llegar al encuentro festivo y ahí volvemos a ver a los personajes que estuvieron presentes en la ceremonia desde otra óptica, ahora ya los conocemos porque se fueron presentando en las páginas de su diario y accedimos a ellos mediante anécdotas. El protagonista no está en su mejor momento y lo deja retratado en cada historia que cuenta, está solo, con amistades rotas y en una fiesta que pareciera serle ajena. Arturo está en crisis hace tiempo y en esa noche se pone en juego volver a cruzarse con personajes de los que se fue alejando. Es cierto que el umbral entre la tragedia y la comedia es delgado y esto llega a su límite con la aparición en el clímax de la fiesta de alguien no deseado, del que mucho se habla pero nada se sabe. ¿Qué pasaría si en una fiesta después de un día agitado y con varios tragos encima aparece un indeseado? Al ritmo de un himno de la década de los 90, “Azúcar amargo”, Arturo abandona su pose genuflexa de respeto y decoro que sostuvo durante el día, camino hacia una catástrofe.
Entre el coming-of-age, la comedia ácida y el drama, la historia se desarrolla. El guion sabe construir personajes sólidos donde Arturo es el protagonista indiscutido, pero sabe dar lugar a los actores secundarios en las historias, cuando él es un acompañante de las situaciones de sus amigos y familiares. Estas peripecias de las que es testigo son capaces de hacer reír y llorar en partes iguales porque todo radica en la forma inteligente de cómo se cuenta.

Sin dudas, Shanly encara el papel central formidablemente sin dejar de lado a los coprotagonistas que con sus apariciones momentáneas dejan el deseo de saber más de ellos (y seguir viéndolos en la historia). En este aspecto mención especial a Paula Grinszpan (Majo), que interpreta a una dramaturga yoica incapaz de escuchar a los demás, Julia Ezcurra (Olivia), como una hermana compleja y odiosa pero cómplice, y Marta Alchourron (Verónica), una madre exigente pero presente.
En una entrevista el director dijo que le causan gracia las personas y aún más cuando no tienen consciencia de cómo se ven desde afuera[1], y que piensa en las películas en función de sus amigos; con chistes internos y reflexionando sobre qué les haría reír a cada uno. Ciertamente, eso se nota, ¡y le sale bien!, porque Arturo a los 30 es eso, un excelente registro de un variopinto de personas y situaciones llevadas a la pantalla desde la mirada de alguien que supo identificar y captar esos gestos. Alguien que tomó nota de las actitudes más corrientes sin necesidad de hiperbolizarlas para crear una historia plausible para la ficción.

En gran parte eso hace a la historia tan atractiva y cercana, en un contexto donde cada década que cumplimos parece traer aparejada una crisis definida (la crisis de los 20, 30, 40, 50, y si no me equivoco ya es normal hablar sobre la crisis de los 60 años). En la película atestiguamos una que podría decirse típica de los 30 porque determinados valores que se creen casi estoicos en la vida empiezan a temblar (o eso es lo que le pasa al personaje), pero, cuidado, no se trata exclusivamente de la crisis de los 30. Lo que se pone en juego, después de todo, no discrimina por edad. Arturo es un personaje que nos despierta sentimientos y reacciones no necesariamente empáticas: es quedado, egoísta y con un rechazo a crecer y madurar para ser un poco más responsable, pero son esos mismos gestos que se van desarrollando los que nos identifican y hace reconocernos, incluso hasta empatizamos. La sensación de que Arturo se sienta solo o como un outsider cuando todos sus cercanos avanzan en sus vidas no indigna ni enoja, sino que para ese momento despierta las ganas de pararse de la butaca, atravesar la pantalla y darle un abrazo al personaje de Shanly porque en cierto grado todos somos, fuimos o seremos Arturo en el casamiento.
En 90 minutos la historia fluye y vuela. Nos da suficiente para conocer a los personajes, y así sea con gestos o intervenciones mínimas se ubica rápidamente el perfil de cada uno. Estamos rodeados de Majos, Olivias y ex de los que lleva más tiempo superarlos que el tiempo de la relación. Todo esto al calor de un casamiento que siempre abre puertas para el descontrol, la fiesta tiene esa potencia de hacernos creer que estamos en una suspensión de tiempo y espacio, a veces uno olvida que no es así y que lo que ahí se hace –lamentablemente– al otro día se recuerda.
[1] Es el caso de la entrevista de Martín Shanly con Niebi. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=tQd5JjLh1Ek



