Mi querida niña: repaso de una educación del oscuro pasado

La miniserie que nos ocupa es Liebes Kind, dirigida y escrita por Isabel Kleefeld y Julian Pörksen, adaptación homónima del libro de Romy Hausmann. Exploremos este drama entendiendo que el epíteto en alemán remite a varios significados según su contexto. El pronombre en la traducción le saca vaguedad. ¿Gustar a alguien o amar?

Están todos invitados, los espectadores de maratón o los que eligen ver al modo de los lectores de Rayuela de Cortázar, porque esta historia se puede sujetar de la forma habitual o por los pies, es decir, por el final. Con todo, es lícito explorar si el drama cumple con el clima de “suspense” o con un orden de montaje.

Empecemos por la niña que da título a este thriller centrado en esa pequeña superdotada, quien reproduce definiciones de enciclopedia y lo hace una y otra vez durante el transcurrir de los seis capítulos. El personaje no tiene gestos que indiquen emociones, incluso es catalogado como una especie de niña zombi.

El relato se apoya en un escape y un accidente automovilístico. Los paramédicos de la ambulancia confían, como es natural, en la información brindada por la buena niña sobre el tipo de sangre de madre Lena. Esa cuestión cuasi fatal resulta relevante para comenzar con el primer giro de la narración. Los hechos se suceden de manera lineal y a los adultos descoloca la ausencia explícita de emociones en la niña, Hannah, por ejemplo, la angustia ante la pérdida. ¿Quién sospecharía prima facie de que algo imperfecto habita el cuerpo y la mente de la púber?

Ya en el hospital universitario cobra relevancia el cobertor, esos que se usan para estabilizar el calor corporal en accidentes, manta dorada que envuelve por completo a Hannah, y así permanece por largo rato. En una toma, para nada azarosa, la niña aparece en el centro del cuadro, la cámara camina en sutil contrapicado focalizada sobre el manto dorado, engrandeciéndola. En ese breve plano secuencia la seguimos como quien honra a una reina en su caminar hacia el trono. Acaso si se aislara ese cuadro, podríamos establecer la analogía con el comportamiento extraño de la protagonista. Ella pertenece a “otra clase”.

En un thriller tradicional es vital el protagonismo de los detectives, tantos Aida, quien dirige el caso actual, como la inmediata presencia del exinvestigador Gerd, quien aún acarrea el peso de la desaparición forzada de Lena Beck. A Gerd se lo ve devastado, lidiando durante toda la narración con la figura del abuelo Matthias, el mismo que tiene dedicado el segundo capítulo, aunque a la postre no sabemos bien cuál es el mérito de ser un hombre irascible que se enoja todo el tiempo con un Gerd incapaz de abandonar un caso; aunque esa cuestión se dirima más adelante en el guión.

Lena –o Jasmin– se recupera lentamente. Jonathan, el hermanito menor de Hannah, es rescatado de esa casa ubicada en una zona militar inhóspita en el centro de un bosque espeso. La niña, por el extraordinario parecido y la información del ADN, es hija de Lena Beck, pero resulta que la mujer del accidente no es la persona desaparecida hace trece años (la niña tiene esa edad). El desconcierto continúa porque Jonathan comparte madre con Hannah, no así el padre.

Volvamos a Hannah, la niña que desorienta al espectador con sus idas y vueltas a un pasado vivido con su madre y abuelo en exteriores, pareciera un recuerdo inventado producto del cambio en la colorimetría. Por su parte, los flashbacks cumplen la función de mostrar la vida de los tres personajes en cautiverio, dentro de una emulación de casa ideal pero sin ventanas, alimentada con aire producto de una máquina artificial que el secuestrador debe mantener en funcionamiento. Con todo, han sobrevivido al menos trece años en esa condición. Hannah representa el producto del cautiverio, el aislamiento es para ella la forma de mantener una familia feliz.

La vida fluye si hay reglas. Encontramos una alusión a regletas castigadoras representadas en esas manos expuestas como recibimiento oficial frente a la figura de El Padre, gesto que mantiene Hannah frente a los adultos. Ya en este punto podríamos afirmar la presencia de una marca cultural evocando, para no olvidar, ese pasado de disciplina estricta y el abanico de consecuencias de esa instrucción. Entonces busquemos a un asesino de mediana edad, un niño reprimido producto de un jefe de familia masculino dominante, una madre abuela, una hija en retirada.

En resumen, componemos un relato con migajas que hay que saber recoger en el camino, desempolvando a Hansel y Gretel. Y para hacer más fácil la decisión de abordaje de la miniserie, les daremos un puñado de indicios: un trozo de vidrio, un libro, una cámara de seguridad, unas barras de cereal, una enfermera.

Por último, el carácter del personaje y la actriz Naila Schuberth han logrado el cometido. Luego discutiremos juntos si se trata de una niña tierna o niña obediente, o simplemente un producto llamado niña.