Muere, monstruo, muere: sobre El conde

La chica del momento se llama Olivia Rodrigo y este año sacó un tema llamado “Vampire”, un hit instantáneo que habla sobre un chico que solo la visita de noche y se aprovecha de su fama para robarle el corazón y dejarla seca, como hace un vampiro. Metáfora fácil si las hay, pero efectiva, la canción es un número uno a nivel mundial y reafirmó a la ex chica Disney como la nueva estrella de las playlists de Spotify.

El vampiro, esa figura siempre presente en la cultura pop que se vive reinventando. En el cine y la televisión arranca en Nosferatu pasando por The hunger, de Tony Scott y la serie True blood hasta llegar a la saga de Crepúsculo y Only lovers left alive de Jim Jarmusch. El público siempre está listo para seguir bebiendo con ganas las historias sobre estos seres inmortales que solo salen de noche y que no se reflejan en los espejos.

La última criatura de este tipo que sobrevuela las pantallas viene de Chile, se trata de El conde, de Pablo Larraín, estrenada recientemente en Netflix. El director de Jackie y Spencer vuelve a su tierra para filmar una sátira en blanco y negro en la que el dictador Augusto Pinochet (Jaime Vadell) es en realidad un vampiro francés de más de 200 años. La introducción es prometedora. En un impecable blanco y negro oímos la narración en off de una mujer con perfecto acento inglés que relata el origen de este ser y su llegada a ese lejano país del sur que no tiene rey, pero que necesita uno. La narradora es omnisciente e imparcial y cerca del final va a revelar su verdadera identidad para reforzar todavía más la premisa de la película.

El conde está cansado y fingió su muerte para poder huir de la exposición pública, lo acompaña Fyodor (Alfredo Castro), un sirviente leal que decidió convertirse también en vampiro dejándose morder por el general. Su familia, incluida la perversa esposa Lucía Hiriart (Gloria Münchmeyer), llegan a su escondite en el desolado sur del país para que el dictador, que después de tantos años decide morir, revele dónde guarda la fortuna que supo acumular en sus años frente al gobierno del país. Pero la tarea se complica con la aparición de una joven monja infiltrada (Paula Luchsinger) que tiene como tarea salvar el alma del monstruo y lo lleva a querer cambiar de planes.

Larraín y el guionista Guillermo Calderón encuentran el timming perfecto para mantener un tono de comedia justo que hace que la película escape de cualquier lugar común y se presente como una novedad en las historias narradas sobre la dictadura chilena. La fotografía de Ed Lachman, colaborador habitual de Todd Haynes, crea un clima de distancia que remite al cine de género más clásico y enrarece aun más el ritmo para evitar caer en cualquier sentimiento de piedad frente a la ridiculización del protagonista.

Si bien cuenta con algunos subrayados gruesos hacia el final El conde termina logrando su cometido, ser un ejercicio que nos habla sobre cómo, a pesar de todo, ciertas ideologías y discursos se mantienen vivos tomando distintas formas para volver a mezclarse entre las masas por imitación, como esa cosa amorfa en The thing, de Carpenter o en las canciones pop y que nos dicen además que la única forma de matar a la bestia es a través de la memoria, pero está vez también riéndonos en su cara.