Afire: In my mind

In my mind
In my mind
Love’s gonna make us, gonna make us blind
We’ll be living in a place we like
What’s gonna make us, gonna make us find?
In my mind
In my min
In my mind
(Wallners, 2020)
Christian Petzold es una raza en extinción dentro de los cineastas contemporáneos. Todavía existen, algunos están ahí hace más tiempo, otros son más jóvenes, lo cierto es que cada vez es más difícil encontrar directores a los que el mote de autor no les devenga en antojadizo o caprichoso.
Yo soy de los que piensan y sostienen que un autor es cualquier persona que se considera a sí misma como tal y que obra en consecuencia. Si la película tiene un tratamiento, si ese tratamiento está apoyado en una o en una serie de ideas y si todas las áreas que hacen al quehacer cinematográfico se concentran en darle una coherencia estética, visual y temática al objetivo propuesto por el director, eso es una película de autor. Ahora bien, según la tradición iniciada en la teoría fílmica en especial desde los 60, para que exista un autor tiene que haber un corpus de obras y esas obras deben dialogar entre sí, buscando contactos estéticos y temáticos que estén por encima de los meros fines comerciales/empresariales del film. Bajo ese prisma, para poner un ejemplo, yo no tengo nada en contra de Luca Guadigno, pero pienso que sería un poco apresurado ponerle ese término si recurrimos a su acepción clásica.

Ahí es donde el caso de Petzold se vuelve excepcional, porque es un cineasta de 63 años, heredero de la tradición fílmica del nuevo cine alemán, discípulo y amigo de Harun Farocki, con una filmografía de amplio recorrido temático y estético. Petzold ha hecho películas “chiquitas” (Jerichow, 2008) y obras maestras más ambiciosas (Phoenix, 2014; Transit, 2018). Salvo en Cannes, ha estado y ganado en los festivales de cine más importantes del mundo. Su obra se estrena comercialmente en casi todos lados, incluso en Argentina, y se organizan retrospectivas y ciclos de ella alrededor del mundo todo el tiempo.
Volvamos entonces unos párrafos más atrás y pensemos un segundo: a vuelo de pájaro ¿cuántos cineastas europeos hay cómo Christian Petzold? Los hermanos Dardenne, Olivier Assayas, Leos Carax, Philippe Garrel y seguramente alguno que otro más que no esté recordando, pero no son tantos.
A su vez, la obra de Petzold tiene una serie de cualidades muy difíciles de encontrar en estas filmografías. Es diversa y a la vez está conectada. Tiene películas con personajes miserables y trágicos, comedias absurdas y dramas potentes. A veces todo eso convive y se condensa en un mismo film, como es el caso de “Afire” (Cielo rojo, 2023), de reciente estreno en salas.

Afire empieza como una película sencilla: dos amigos viajan a una casita alejada de la ciudad junto al mar Báltico. Es verano, hace mucho calor y los incendios forestales van creciendo en la región. Leon (Thomas Schubert) es un joven escritor, que está intentando concentrarse y poder terminar su nuevo material. Por su lado, Félix (Langston Uibel) quiere armar un portfolio para tener alguna muestra de su trabajo como fotógrafo y ver si puede tener alguna oportunidad de lograr exponer su obra.
La llegada a la casa empieza con una canción de una banda austriaca prácticamente desconocida llamada Wallners. In my mind, el tema en cuestión, será un leitmotiv recurrente a lo largo de toda la película. En ese inicio, ya comienzan los problemas. El auto se detiene en la mitad del camino. Los personajes deben dejarlo y cruzar un bosque para llegar a destino. En ese bosque Petzold plantea una escena que se presenta con la intención de buscar una cierta incomodidad hacia el espectador. Felix, jugando, asusta a Leon. Ambos caen al piso y forcejean. Luego, la pelea se convierte en un juego, en el que se sugiere algún tipo de tensión homoerótica entre ambos personajes. Al llegar a la casa, los personajes descubren que hay una chica que está instalada. Es Nadja (Paula Beer), la madre de Felix olvidó ese detalle. Al principio a Nadja no la vemos bien, solo a lo lejos. La película a esta altura sugiere que estaremos frente a otra historia de un triángulo amoroso europeo posmo entre dos amigos y una chica. Pues no, todo va hacia otro lado.
De a poco la focalización del relato se aleja de lo coral y se concentra en Leon. Lentamente, él pasa a ser el centro de la trama. Es un personaje horrible: egoísta, altanero, soberbio y maltratador. No hay motivos para quererlo, ni el espectador, ni los personajes, salvo uno: la actuación de Thomas Schubert, que deja entrever que detrás de ese ser espantoso lo que hay es una persona tan insegura y asustada de vivir en este mundo como cualquiera de nosotros. El miedo de Leon adquiere ternura y eso despierta nuestro interés y el de Nadja.

En el medio, hay escenas absurdas, algunos episodios de comedia y momentos de muchísima tensión dramática. Todo eso, que en manos de la mayoría de los directores terminaría en una ensalada pretenciosa y snob, a Petzold le sale perfecto. Sobre el final, la película gira de nuevo, va hacia otro lado completamente diferente ¡y funciona! Porque a esta altura al cineasta le sale todo. Es uno de esos enganches que ya no existen, esos que a los 32 años puede hacer lo que quiere dentro de la cancha. No se sabe por donde va a salir, pero se sabe que va a salir. Su obra es, en definitiva, como los grandes finales: sorpresiva, pero inevitable.
En épocas de postas y alabanzas desmedidas hacia cualquier cosa, suelo ser un poco más cauto y evitar los consejos contundentes. En este caso haré una excepción: si pasan por un cine en algún lugar del mundo, sea donde sea, y están dando una película de Christian Petzold: es ahí. No es en otro lado. Es ahí.



