La crueldad, un modo de cruzar fronteras: sobre The Banshees of Inisherin

The Banshees of Inisherin, película dirigida por Martin McDonagh, aprovecha el tema de la amistad entre un hombre mayor y un joven sensible para narrar lo que ocurre cuando una decisión unilateral incomoda. Nos encontramos frente a la certeza de que el cambio es lo único permanente, aún en la pequeña isla donde conviven un puñado de habitantes irlandeses católicos escrupulosos, de espíritu rural, miméticos con el paisaje.

Las pasturas de tímido verde, las rocas, el mar, son el marco perfecto para mostrar la simpleza y una forma de vida atada a la tierra y los animales.

Este relato focaliza sobre las relaciones vinculares y nos sumerge dentro de un paisaje rústico y lo hace con provocación.

Colm (Brendan Gleeson) y Pádraic (Colin Farrell) son compañeros inseparables, sin embargo, cierto día el hombre curtido por la experiencia no concurre a la cita. Acto seguido le solicita al joven que no le dirija más la palabra con el argumento de que su vínculo se volvió aburrido e intrascendente. Cada día el mismo encuentro, la misma caminata para llegar al centro del pueblo, el pub. Cada día el joven reproduce las mismas conversaciones triviales que el veterano escucha por hábito.

La narración necesita del primer plano para mostrar los gestos de Colm cargados de determinación frente al joven desorientado por el rompimiento definitivo de lo que éste consideraba una fuerte amistad. Para el espectador el hecho resulta un cachetazo a la sensibilidad porque siente la forma de la culpabilidad en el joven.

Pádraic es un muchacho apegado a su hermana Siobhán (Kerry Condon); viven juntos dentro de la pequeña cabaña en la isla donde el adentro y el afuera se desdibujan cuando Jenny, una burra, pasea por la estancia y convive con los hermanos como una mascota. Por su parte, Colm vive solo con su perra y su violín con el cual pretende crear una obra. Será su música lo que torcerá ese mundo gris y lo llevará a la realización personal; la composición será su legado para la comunidad de Inisherin, la isla con vistas a Irlanda donde los animales son tan significativos como las personas. Es la cámara subjetiva la que nos informa, en un primer plano de un rumiante erguido ubicado en el centro de la escena, quienes son los reales amos del territorio.

La fotografía recorre los exteriores con colores cálidos y fríos con la debida saturación para el drama. Planos generales de los cambios en el cielo muestran el paso del tiempo y la religiosidad. Los exteriores dan cuenta del trabajo de pastoreo y un camino vital que lleva y trae el encuentro inevitable de los protagonistas. No faltan allí ciertas charlas profundas, el chico raro y las apariciones espontáneas de la pucá –espíritu– de la isla.

La intimidad de Pádraic resulta central porque en su cabaña cohabitan sus animales y ocurren interesantes charlas con su hermana Siobhán durante la cena. En contrario, la casa de Colm se ve desde fuera, la cámara entra por la ventana quizás porque él es un hombre hermético. Su casa se completa con objetos.

El primer giro narrativo ocurre cuando Colm decide romper el dialogo con Pádraic y este último toma como propio el motivo del distanciamiento. Un alto para pensar los vínculos y darse cuenta de que tanto en el espacio rural como el citadino habitan jóvenes sin horizonte que asumen que han hecho las cosas mal y otros mayores que inician una insólita búsqueda.

En nuestro relato Colm y Pádraic tienen en común la necesidad de perderse o encontrarse y es entonces cuando la narración propone un encadenamiento de eventos inesperados. La mutilación imprudente de Colm es el medio para el extrañamiento del espectador. Como es natural, a partir de allí devienen insólitos infortunios. Mientras tanto, pareciera que el pub tiene vida propia y los que allí concurren aceptan las decisiones de Colm porque nadie se atreve a contradecirlo. Todos lo rodean para cantar su música mientras Pádraic cavila frente a su cerveza.

La narración recurre a la crueldad al mejor estilo in your face, tirar sobre la cara del espectador algo descaradamente agresivo e imposible de ignorar. Entonces quedan dos caminos: la repulsión que hace odiar la historia, o bien, pactar con lo efímero o eventual de las relaciones mientras el cielo recorre celestes y naranjas en una atmósfera rural que empequeñece aún más nuestra humanidad y finitud.

¿Cuántas veces, frente a la monotonía, deseamos dejar todo atrás y, sin embargo, no nos atrevemos? Se diría que cada uno de nosotros somos pequeñas islas flotando en un mar que no es nuestro para intentar componer una propia canción. Almas contradictorias, insatisfechas, resilientes, conformistas o trascendentales que transitan la violencia, la incredulidad, la necesidad de torcer el destino con la mutilación, las pérdidas irreparables y las migraciones deseadas.

Quizás este relato hable de arriesgar, no para ganar, sino para perder.