Hace mucho que no duermo: una infinita y cómica persecución del objeto de deseo

Hace mucho que no duermo es la ópera prima de Agustín Godoy, producida por Gentil en coproducción con Gong Cine, que tuvo su presentación en el 37° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y llega a los cines argentinos el 21 de septiembre. Cuenta con un elenco encabezado por Agustín Gagliardi, Agustina Rudi, Ailín Salas y Marcelo Pozzi.

La trama de la película nos sumerge –y mantiene enganchados– en una intrigante y poética comedia donde los personajes se encuentran involucrados en un misterio que gira en torno a una mochila negra. Esta mochila, que se convierte en un enigma recurrente a lo largo de la historia, nos despierta una serie de interrogantes, tales como ¿por qué los personajes se la pasan constantemente entre sí?, ¿qué contenido de valor oculta en su interior que justifica esta obsesión?, ¿representa algo más allá de su contenido, algo que difiere para cada uno de los protagonistas?

A partir de este intrigante punto de partida nos adentramos en este largometraje que comienza mostrándonos, sin brindar demasiadas explicaciones y caer en obviedades, cómo los personajes recorren la Ciudad de Buenos Aires para pasarse entre sí una mochila negra, grande, que se encuentra cerrada con dos candados. Sin mediar palabra, algunos de los personajes se dirigen a pie, otros en bicicleta, e incluso en auto con un solo objetivo: entregar la mochila y asegurarse de que continúe su curso.

Sin embargo, en un momento, la mochila llega al protagonista de la historia (Agustín Gagliardi), quien vive una vida rutinaria, aburrida y, además, padece de insomnio. A raíz de este suceso, decide defenderla y emprender esta aventura de la mano de una joven tarotista (Agustina Rudi) que llega a su vida inesperadamente, como por arte de magia, para motivarlo a cambiar el curso de su historia.

A lo largo del film, nos sumergimos en un recorrido a través de innumerables locaciones que abarcan diversas zonas de la increíble Ciudad de Buenos Aires. En mi opinión, esta diversidad de escenarios constituye uno de los aspectos más encantadores de la película, ya que cada lugar captura la esencia de la ciudad. Además, considero que esta elección de locaciones evoca la influencia de la nouvelle vague, un movimiento cinematográfico que tenía una predilección por filmar en exteriores y explorar las calles urbanas como parte de la narrativa audiovisual. Así, la película nos atrapa de lleno en la vibrante vida de Buenos Aires.

Además de lo mencionado previamente, otro aspecto que se merece destacar en Hace mucho que no duermo es el sonido que presenta. La elección de la música se integra con las escenas de manera tal que permite enriquecer la experiencia cinematográfica. No solo le aporta profundidad emocional, sino que también resalta los matices de cada momento.

Durante el transcurso del largometraje, los personajes principales se comunican a través de versos que riman, lo que le aporta tintes poéticos y, sin dudarlo, encanta a aquellos amantes de la poesía –dentro de los cuales me incluyo–. Este detalle en combinación con los movimientos de los personajes a lo largo de la ciudad, transportando la mochila negra, brinda a la película un ritmo frenético e incluso envuelve al espectador en la trama, al punto de querer defender esa mochila tanto como los personajes lo desean. Esto pone de manifiesto mi teoría sobre algunos de los interrogantes que manifesté al comienzo: la mochila representa el profundo deseo que cada uno tiene en su interior, y que busca perseguirlo, así como defenderlo infinitamente, contra todo pronóstico.

En resumen, Hace mucho que no duermo es una comedia que se caracteriza por sus escenas cómicas y disparatadas, sumergiéndonos en un mundo donde los sueños y deseos personales se proyectan en esa mochila negra. La película navega entre lo absurdo y lo humano, ofreciendo un enfoque único en el humor que desafía las convenciones del género. Cada escena aporta un toque de surrealismo a la narrativa, haciendo que la experiencia sea entretenida y reflexiva, a la vez que destaca la capacidad del film para explorar las complejidades de los anhelos y las aspiraciones individuales.