Resistir ante todo, sobre Enki Bilal

Enki Bilal es un conocido guionista y dibujante de historietas yugoslavo nacionalizado francés, pero lo que pocos saben es que también ha dirigido tres largometrajes que representan lo más emblemático de sus dos obsesiones reflejadas en casi toda su obra gráfica. La primera es mostrar las relaciones de poder; de un lado se encuentran los que dirigen, aquellos que casi de forma natural han sido o se han autoimpuesto como gobernantes de la mayoría y abusan de su condición, y del otro lado se encuentra la Resistencia, generalmente encarada por aquellos que no están conformes con el sistema establecido y hacen todo lo que tienen a su alcance para revertir la situación. La segunda es la trascendencia, desde el antiguo mito de Gilgamesh hasta nuestros días, los seres humanos queremos dejar una marca de nuestro paso, ser recordados por nuestras acciones o, en el mejor de los casos, tal y como intentó el antiguo rey sumerio, alcanzar la inmortalidad.
Mi primera aproximación a la obra de Bilal fue de casualidad. Cuando tenía unos 9 o 10 años llegó a mis manos una revista de historietas muy famosa en aquella época, que fragmentaba y realizaba pequeñas entregas de varias narraciones gráficas europeas. En ella había unas 6 hojas de una historia llamada La feria de los inmortales (1980), que me atrapó de inmediato. Lo cargado y detallado de sus dibujos, más una trama que se proponía inquietante, una pirámide que flota sobre la Ciudad Autónoma de París del año 2023 donde los dioses egipcios juegan al Monopoly para intentar comprender a la humanidad, mientras en el exterior un representante de la Iglesia bendice al gobernador y da un discurso sobre la pureza racial y el enfrentamiento a los engendros de Satán. Mi frustración fue enorme al darme cuenta de que continuaba en el siguiente número, algo que nunca conseguí, y debieron pasar muchos años, ya siendo adulto cuando accedí a la obra completa y descubrí que no se trataba de una sola historieta, sino de tres tomos conocidos como La Trilogía de Nikopol, tal el nombre del protagonista.

Mayor fue mi sorpresa cuando en pleno auge del videoclub, encontré en los anaqueles una película cuya tapa remitía directamente a La feria de los inmortales, la que alquilé de inmediato y llevé a mi casa como si hubiese encontrado un tesoro. Se trataba de Immortel (ad vitam) (Enki Bilal, 2004), cuyo guion se inspira en los dos primeros tomos de dicha trilogía. Es una película híbrida, que reproduce la estética del cómic europeo, por lo que combina animación computarizada, tanto de ambientes como personajes, con actores reales; esta búsqueda estética logra dar la impresión de que estamos presenciando una secuencia animada de videojuego. En cuanto a su trama, el film intenta desarrollar muchos conceptos en poco tiempo, por lo que en algunos momentos se queda a medio camino y el espectador debe hacer un esfuerzo por componer una trama compleja; pero la idea de opresor versus oprimido se comprende a la perfección y los distintos personajes principales alternan entre estos dos roles. En lugar de ocurrir en París del 2023, la acción se traslada a Nueva York del año 2095, donde la sociedad está dominada por la dictadura de la medicina, representada por la empresa Eugenics; los seres humanos cambian partes de su cuerpo por mejoras tecnológicas con la finalidad de alargar su vida indefinidamente. El dios Horus, cuya voz es interpretada por el actor Thomas M. Pollard, uno de los creadores de la Humanidad, es condenado a perder su inmortalidad por sus congéneres y ha pedido siete días para caminar y relacionarse con aquellos que ha creado. Sus intenciones son bien concretas, busca una mujer poco común para reproducirse, a la vieja usanza de los relatos mitológicos. En este caso Horus representa la resistencia hacia sus hermanos dioses, ya que conseguir descendencia es una manera de perpetuarse. Pero para lograrlo debe ocupar el cuerpo de un hombre sin modificaciones, porque los humanos mejorados no pueden soportar un dios en su interior. Aquí hace su aparición Nikopol, interpretado por Thomas Kretschmann, un revolucionario que se opuso a las modificaciones genéticas promovidas por Eugenics y fue condenado a pasar 30 años congelado. Debido a una falla técnica en la prisión, Nikopol queda libre un año antes de cumplir su condena y es abordado por Horus, como si de un títere se tratase. Es clara la diferencia de rol del dios egipcio que, mientras tiene su forma divina ejerce una resistencia hacia sus pares y, cuando se relaciona con los humanos, seres claramente inferiores, ocupa el rol de opresor. Los papeles femeninos se encuentran a cargo de dos actrices, la directora médica de Eugenics, Elma Turner, interpretada por Charlotte Rampling, mientras la actriz Linda Hardy se pone en la piel de Jill, la futura amante de Horus. El personaje de Jill está caracterizado como una mujer enigmática con un origen extraño que no queda del todo claro, se presume que es la última de una raza humanoide extraterrestre, esto se evidencia en sus cabellos de color azul. Jill representa la resistencia a la desaparición y el olvido. Esta condición es suficiente para que Eugenics ponga sus ojos sobre ella, convirtiéndola en su conejillo de indias para experimentar con diversos elementos. En medio de estos hechos, Horus, ocupando el cuerpo de Nikopol, la encuentra y la obliga a tener relaciones sexuales con el objetivo de dejarla encinta. Durante toda esta peripecia, Nikopol ejerce la doble función de opresor y oprimido, ya que es consciente de la “violación divina” que está cometiendo. Recordemos que en las diversas mitologías los dioses se acuestan con mujeres sin importarles su consentimiento, pero no puede oponerse puesto que su cuerpo está siendo manipulado por el dios. Durante un momento en el que Horus no ejerce su poder, Jill y Nikopol se aman con pasión y se logra el objetivo planteado. Finalmente, Horus acepta su destino y regresa a la pirámide para afrontar su muerte, mientras que Nikopol es llevado a la prisión para completar el año que le falta. Elma Turner se solidariza con Jill y la ayuda a escapar hacia París, cambiando su rol de opresora por el de benefactora, ciudad donde Nikopol, una vez finalizada su condena y liberado de Horus, irá a buscarla para encontrarla con su hijo. La resistencia ha dado frutos, los tres elementos de esta trinidad: divinidad, terrestre y alienígena han vencido a la muerte y se perpetúan en la forma de este nuevo mesías que ha nacido de la unión de los tres.

Luego de haber disfrutado esta película, descubrí que Bilal había dirigido antes dos largometrajes más. El primero del año 1989 se llamó Bunker Palace Hotel, y el segundo, realizado en 1996, Tykho Moon. Las obsesiones temáticas y los personajes enigmáticos propuestos por Bilal también se ponen de manifiesto en estos dos filmes. Ambos presentan ambientes opresivos, dirigidos por seres casi todopoderosos que buscan perpetuarse tanto física como ideológicamente, y personajes que ejercen una resistencia; el arquetipo de la mujer enigmática con cabellos de colores y el protagonista masculino dominado también se hacen presentes en ambas narraciones.
Bunker Palace Hotel plantea el derrocamiento de una dictadura imaginaria por parte de un grupo revolucionario, por lo que los representantes del antiguo poder se ocultan en un hotel subterráneo creado para sobrevivir a este tipo de eventualidades, con la secreta esperanza de que su presidente, ser al que se le atribuyen cualidades casi divinas, los salve y restaure el orden establecido por mucho más tiempo. Esta situación es una alegoría a la República Social Italiana establecida en el municipio de Saló por parte de Benito Mussolini en un intento de perpetuar el fascismo bajo el ala del Tercer Reich. Allí se infiltra Clara, la líder rebelde de cabellos rojos que remiten indefectiblemente a la revolución comunista, interpretada por Carole Bouquet; el protagonista masculino lo encarna Jean-Louis Trintignant, Holm, un torturador que recuerda a los criminales de guerra nazis y funciona como títere del presidente. En el hotel se refugia un grupo variopinto de personajes que poco a poco irán siendo eliminados, hasta que el final descubre una especie de juego sádico manipulado por un ser que ostenta un poder absoluto y cuyas intenciones se dirigen a mantener el control por siempre.

Tykho Moon traslada la acción a la luna, que funciona como espejo de un planeta Tierra que se extingue y replica de forma burda y desordenada los lugares icónicos de París, ciudad que además se encuentra dividida en dos por un muro gigante que separa a los ricos de los pobres, alegoría de Berlín de la postguerra. La sociedad se encuentra oprimida por la familia MacBee, que está amenazada de muerte por Tykho Moon, un hombre presuntamente muerto que se extiende como una sombra sobre los opresores y los va eliminando de a uno. La mujer enigmática, Lena, cuyos cabellos cambian de color, aunque por una cuestión estética más que simbólica, está representada por Julie Delpy; y el protagonista masculino, Anikst, es el actor Johan Leysen, personaje que es llevado de un lado al otro por Lena mientras intenta descubrir su verdadera identidad. Esta película muestra el conflicto del opresor contra el oprimido desde la óptica de los poderosos, que viven permanentemente con miedo a ser asesinados por alguien que supuestamente debería haber sido borrado de la ecuación hace mucho tiempo. La gesta personal de Tykho Moon beneficiará a una sociedad que se encuentra dormida y no hace nada por resolver su situación de opresión.
Si bien solo la última de las tres películas de Enki Bilal está basada en una historieta, se nota que todas están influenciadas por esta forma de contar historias de la que proviene su realizador. Tanto los encuadres, como los tiempos internos de la narración logran que el espectador sienta que está viendo un cómic en acción real. Lamentablemente la filmografía de Bilal solo abarca estos tres filmes, pero sin duda, con sus aciertos y sus fallos, nos ha entregado tres pequeñas obras maestras.
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