Another Round: En busca del propósito escondido

La noción freudiana de pulsión de vida y pulsión de muerte opera como un motor que empuja las necesidades vitales. Se trata de fuerzas que se balancean en dos polos opuestos, anhelar más que el presente o acelerar la destrucción. Ambos polos son la expresión del “yo” que desea. Eso es Otra Ronda.
La historia contada en forma cronológica recae sobre el protagonista como representante de la inquietud de la adultez plena. Esta etapa evolutiva aparece en el contraste con la adolescencia, mientras que el alcohol se esgrime como metáfora.
Martin es un profesor apático cuyos gestos y actitudes denotan hastío que en el presente no encuentra el propósito de su labor. Por otro lado, los jóvenes aparecen efervescentes en el afuera y aburridos frente a ese profesor perezoso.
El relato nos ofrece un protagonista que asume como natural el comienzo de la caída libre en el cambio de década, un abanderado de la desazón tanto en su vida profesional como en la intimidad del hogar y la familia. Al mismo tiempo, hay un antagonista, la bebida, que aparece una y otra vez en planos detalle de vasos con o sin hielo, petacas, botellas de todo tipo y color. El alcohol se derrama por los cuerpos de los adolescentes y el brindis es motivo de festejo en la rueda de los iguales, el grupo de amigos. Estos que aparecen en una condición de “adulto iniciático” a la hora se sopesar el deber por sobre el deseo perdido.

El experimento comienza con la audacia de Martin en busca de alivio y motivación, el cuadro lo muestra escondido en el box de un baño de la institución educativa danesa con su petaca de bebida blanca. Más adelante, la masculinidad obliga a los otros tres profesores del grupo a probar la teoría y documentar los resultados que, en una buena decisión de montaje, operan como marcadores del tiempo transcurrido en placas negras con tipeo en letras blancas, registro que lleva el profesor de psicología. La indagación sobre una teoría seudo científica deja de ser descabellada cuando experimentan gozo a la hora de impartir sus clases con la consecuente algarabía visible en disposición para aprender de los estudiantes. A medida que avanza el tiempo los personajes prueban el límite entre la borrachera y la resaca. Para Martin el resultado no se hace esperar ni en lo público ni en lo íntimo, esa sensación de resurrección y muerte.
La puesta en escena en un comienzo muestra un aula de alumnos encorvados sobre sus pupitres mediados por el espacio que los separa del profesor en la misma actitud. La cámara se mueve como los ojos de un testigo que parece querer captar todo a la vez, como sin entender se mueve con rapidez de un lado a otro. Con el avance del experimento la cámara se aquieta y busca el foco sobre cada alumno y el profesor en un aula desordenada con fotos ilustrativas sobre el pizarrón que representan incógnitas por resolver. El movimiento de los cuerpos ahora recorre el espacio. El entusiasmo por enseñar la historia y provocar el deseo de aprender se encienden en cada rostro.

Mientras tanto, la vida privada de los profesores transcurre y aparece con el mismo contraste. Se expone la rutina en una toma particular de una cena familiar de Martin donde todo es silencio y una penumbra muestra los claroscuros de la relación con su esposa e hijos. Flaqueza es tu nombre esposa, madre. Indiferencia es tu don hombre. Rutina es la infancia. Otra vez, la cámara ajusta el plano provocando separación entre marido y mujer en un cuadro perfecto donde el centro es una lámpara colgante. Luego, primeros planos de expresiones de reproche.
En un giro narrativo de un relato complejo el alcohol no solo operará como desinhibidor de la esencia sino que desnudará el deseo impulsor de la acción que responde al propósito escondido en algún lugar del ser. Un espectador activo será el detective que ve más allá de lo obvio, la adicción a la bebida. Ese habitante pasajero en la cuarta pared se centrará en el estado de embriaguez.
La trama se teje sobre las pulsiones de vida y muerte del ser humano, estas que nos toca atravesar desde la juventud hasta nuestros días de adultos responsables.
Los profesores recorren espacios interiores de la escuela, aulas con o sin cortinas, la sala de profesores con sus reuniones, los exámenes, los pasillos, el gimnasio que oficia de bodega para el profesor de educación física, Tommy, el protagonista de las escenas más tiernas y del momento más doloroso en esta historia de movimiento sobre los extremos.

El director de este tipo de cine nos pone en la disyuntiva de ver lo invisible. En efecto, la luz brilla solapadamente sobre los rostros de los adultos o sobre el tumulto entusiasta de estudiantes alcoholizados a repetición.
Sobre el final de una singular apuesta audiovisual es el alcohol en los cuerpos el causante de la conexión entre generaciones y cada edad experimenta su rito de pasaje.
En conclusión, tanto espectadores como realizadores se ven llamados a repensar cada descorche como deseo de vida en el ser humano, pero hay otro deseo oscuro, el sacrificio de Tommy unido al congelamiento de la imagen de Martin que salta al aire junto al río. Por último, los efectos atractivos de la bebida se ven opacados cuando la euforia se transforma en estado de desazón, de pulsión de muerte y las formas del suicidio.
En este final abierto, solo queda planteado el interrogante.



