Busco mi destino: sobre Hola, ¿estás sola?, de Icíar Bollaín (1995)

A la hora de elegir una pequeña obra maestra son muchos los elementos que se piensan para tomar una decisión final. Por un lado, podría ser una pequeña gran película desde el punto de vista personal, porque toca alguna fibra interna que supera a la obra en términos formales. También puede ser una joya desconocida que uno se empeña en recomendar y que pocos eligen ver, esa película a la que uno cae por puro tedio y curiosidad y espera encontrarse a alguien que la comparta y armar una especie de culto alrededor, un secreto, algo que les pertenece a unos pocos. 

El año 1995 fue un momento importante para el cine español. Dos realizadores consagrados con perspectiva internacional estrenaron dos películas significativas en su filmografía. Por un lado, es el año de La flor de mi secreto, el melodrama de Almodóvar sobre esa escritora de novelas rosas en crisis que se desquicia ante la ausencia de un ex marido militar. Pedro ya llevaba once películas y había dejado atrás el punk y la estética madrileña de la mal llamada movida para convertirse en un director que madres y amigas iban a ver al Patio Bullrich después de haber ido a la peluquería. En el otro extremo está El día de la bestia, de Álex de la Iglesia, un delirio apocalíptico que se convirtió en un clásico instantáneo y arrasó en los Goya de ese año.

1995, qué año. Babe, el chanchito valiente había llegado a los Óscar y todas las estatuillas se las llevó Mel Gibson con Corazón Valiente. También es el año indie de la primera entrega de la trilogía de Linklater con Antes del amanecer y de la sordidez como placer estético de Kids, de Larry Clark, la madre de Euphoria, hay que decirlo.

En medio de todo ese panorama se estrenó una película diminuta hecha por la actriz madrileña Icíar Bollaín, que había debutado nada más y nada menos en esa belleza que fue El sur de Víctor Erice. Icíar todavía no tenía ni 30 años y nunca había dirigido, cuenta que era difícil en ese momento abrirse camino como mujer en la industria de su país, a pesar de que Almodóvar las describe con una devoción y detalle que ni Cukor había llegado a tener. La otra exponente de esa época, Isabel Coixet, había abandonado la publicidad para irse a dirigir a Estados Unidos Cosas que nunca te dije, otra pequeña gran película en inglés y con una Lily Taylor suicida que quiere guardar felicidad en una lata, como si fuera azúcar o harina, para cuando uno cae en un pozo depresivo y necesita tenerla a mano en caso de emergencia. 

Con un guion debajo del brazo que venía trabajando sin buenos resultados desde hacía cuatro años, Icíar consiguió ayuda de Julio Medem, que todavía no había hecho esa cosa que fue Los amantes del círculo polar, para darle una mano con la historia, moldear a los personajes y llevarlos a un rumbo que la joven actriz aún no se atrevía a explorar como directora. Así es como aparecen en su camino Trini y La Niña, interpretadas por las casi debutantes Candela Peña y Silke, dos chicas de 20 años que escapan del sopor de Valladolid para huir a cualquier parte porque quieren hacerse millonarias.

A partir de ese detonante, todo se convierte en una locura sin sentido. El primer lugar en el que caen es un resort en Málaga, donde consiguen un trabajo como animadoras. Solo se necesita buena presencia, imaginación e inglés. “Buena presencia tengo yo, inglés tienes tú”, le dice Trini a la Niña, pero se aburren pronto. Quieren una casa, no quieren vivir toda la eternidad entreteniendo a guiris y viviendo en una habitación de hotel. La Niña menciona a una madre peluquera de la que está distanciada, Mariló (Elena Irureta), y allá van a hacer las paces y tener una mejor vida, pero el tedio las va a seguir acompañando de aventura en aventura. Aparece un ruso que deciden compartir, porque ellas comparten todo, un cantante amateur de baladas románticas, Pepe, que se gana la vida como camarero. A medida que la película avanza todos estos personajes a la deriva se dejan llevar en una corriente de fracasos que se suceden unos tras otros y que la Niña y Trini están dispuestas a transitar sin darse por vencidas.

Con un pie en la improvisación rohmeriana de, por ejemplo, El rayo verde, y otro en esa fórmula de amigas que huyen a la ciudad a buscar una mejor vida como El casamiento de Muriel o The Last Days of Disco (cuántas pequeñas grandes películas hay si se las pone a pensar), Hola, ¿estás sola? en una joya diminuta que pasa totalmente desapercibida pero que es difícil de olvidar. La capacidad de Candela Peña para la comedia se destaca más allá de cualquier cosa, es alguien que hoy en día brilla donde se la ponga, de un protagónico a un cameo. Silke tiene el ánimo melancólico necesario para complementarse con su compañera y atravesar juntas cualquier peripecia que se les interponga porque pase lo que pase nada puede salir mal a los 20 años. Hola, ¿estás sola? es una ópera prima con todas las fallas y aciertos que una película pueda llegar a tener, pero a la vez es un manifiesto sobre la juventud en la ciudad, la falta de perspectiva, las mujeres que toman las riendas en un mundo dominado por chabones y que demuestra que en algún momento en el cine español hubo lugar para dos chicas al borde de un ataque de nervios más allá de Almodóvar. 

Esta película no es un clásico, ni siquiera se estrenó en nuestro país, pero a pesar de que los temas que toca tienen casi treinta años, el patetismo, el absurdo, el no future, es algo que se mantiene vigente. Un año después de Reality Bites, Hola, ¿estás sola? está ahí para hacernos reír de nuestra propia desgracia, de la falta de rumbo, y a veces, solo la trascendencia sentimental es lo que necesitamos para que el cine se transforme en una obra que nos atraviesa y nos invita a pensar en lo que ya pasamos y también en nuestro presente. 

La directora cuenta que Julio Medem escribió un final que llegó a filmarse, el personaje de la Niña encuentra a su amante desaparecido, el ruso, internado en un hospital y ahí terminaba, con ese reencuentro, pero una vez que vio la escena terminada no le gustó. Las cuatro paredes del hospital le parecían deprimentes, claustrofóbicas. El recorrido de esos dos personajes necesitaba aire y a pesar de tener todo en contra volvió a hacerlo. Puso a la Niña y a Trini en un tren, juntas, sin rumbo. “Voy a ser madre”, dice Trini, la Niña se sorprende, pero Trini le aclara que no, que no ahora, que no está embarazada, que va a ser en algún momento. Tal vez nunca suceda, no lo sabemos, pero la incertidumbre del destino está ahí al alcance de la mano y nos lleva a reírnos de ellas, pero también de nosotros mismos. Fin. 


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