La crecida: los olvidados

En 1947 el realizador italiano Luchino Visconti llegó a una isla siciliana a filmar lo que sería La tierra tiembla, una historia sobre una familia de pescadores que quiere tener un barco propio para poder independizarse de la explotación de sus patrones. Son los tiempos de la posguerra y el director eligió el elenco entre los lugareños y grabó en escenarios naturales creando una obra profunda que escapa a cualquier artificio.
La crecida, tercera película del director Ezequiel Erriquez que se puede ver en la Sala Lugones, nos referencia inevitablemente a esa obra fundamental de Visconti, pero acá el escenario es Panambí, un pueblo de Misiones que limita con Brasil. Allí encontramos a una familia que se ve afectada por la construcción inminente de una represa. Si no abandonan el pueblo, la crecida del río amenaza con llevarse todo a su paso. Es ahí donde la presión que ejerce esto sobre los protagonistas empieza a alterar sus relaciones y las formas en las que se vinculan.
Con un registro ficcionado que toma elementos del documental, la película sigue a los Zucker y muestra en detalle la evolución de sus reacciones frente al hecho que los va a llevar a una migración forzada al otro lado de la frontera sin que puedan hacer nada. Ese monstruo que es la represa enrarece a estos personajes, saca las pulsiones más bajas de cada uno, sobre todo en la relación intoxicada entre la hija mayor, Bruna, y su hermano Mauro.

El enemigo es la excusa del progreso y está representado por esta represa que nunca se ve, es un fantasma lejano que se nombra pero no aparece. Las distintas generaciones de los Zucker, desde el abuelo a la hija menor, muestran las distintas épocas de este paisaje fronterizo en donde hay un pasado que se planta inútilmente frente a un presente lleno de incertidumbres.
Con un gran acierto en el casting realizado en la misma localidad de Panambí, estos actores no profesionales logran transmitir en una seguidilla de primeros planos unas expresiones que cuentan sin necesidad de decir nada. Hacia la última parte, la película se sostiene por unas escenas largas de estos personajes en silencio, deambulan, recorren el espacio en silencio y, al igual que ese Ntoni Valastro de Visconti, tratan de resistirse a un final que ya está escrito.



