Cine de terror en Argentina

Antecedentes

La historia del cine de terror argentino es más bien esporádica, y buena parte de sus ejemplos pertenecen no más que “tangencialmente” al género. Desde las pioneras El hombre bestia o las aventuras del Capitán Richard (1935, Camilo Zaccaria Soprani), considerada la primera película argentina con cualidades de terror, Una luz en la ventana (1942, Manuel Romero), la primera película del género producida en nuestro país, hasta joyas absolutas del clasicismo tardío, atmosféricas y de carácter ominoso, con un pulso narrativo y un dominio total de las posibilidades expresivas de la iluminación, como lo son Si muero antes de despertar (1952, Carlos Hugo Christensen) y El vampiro negro (1953, Román Viñoly Barreto). Más tarde aparecieron casos como el de Emilio Vieyra, nuestro máximo exponente de cine de explotación, y las numerosas, aunque muchas de ellas perdidas obras televisivas de Narciso Ibáñez Menta.

Hacia un terror argentino

En 1997 se estrenó Plaga Zombie, del gran Pablo Parés y Hernán Sáez. Fue la primera película argentina de zombis, grabada en VHS, con un estilo de comedia gore similar a las primeras películas de Peter Jackson (Muertos de miedo, Mal gusto). Uno de sus rasgos preponderantes fue la forma de hablar: los personajes hablaban en español neutro, como el de los doblajes de los dibujitos. Con ese espíritu de pura diversión, lúdico, libre, y sin renegar de sus influencias norteamericanas, se dio que el subgénero zombi diera sus primeros pasos en nuestro país a través de la parodia.

Lo paródico y lo bizarro, entonces, signaron por un buen tiempo el camino del cine de terror argentino. La filmografía del ya mencionado Parés, variada tanto en sus géneros como en sus condiciones de producción, enarboló la bandera que supieron defender, entre otros, Farsa Producciones y ese oasis carmesí para los amantes del género que es el Festival Buenos Aires Rojo Sangre, a partir de su primera edición en 1999.

¿Cómo hace un movimiento que nació en forma de parodia para convertirse en algo “serio”? La seriedad y el prestigio son dos males que carcomen como una gangrena gran parte del cine todo, su búsqueda muchas veces decanta en militancia berreta y solemnidad de cartón. Pero si el terror es algo tan de nicho y el grueso de su producción se centra en un festival dedicado exclusivamente al género, es difícil pensar en una industria del terror nacional. Talento hay: basta con ir a cualquier función de cortometrajes del Rojo Sangre, incluyendo el concurso Fin de Semana Sangriento en que grupos de cineastas independientes escriben, ruedan y editan cortometrajes en 72 horas a partir de una consigna dada. O pensar en la fuga de cerebros: la remake de It fue un éxito contundente de taquilla y la dirigió un argentino, Andy Muschietti. En los últimos años se dieron algunos pasos importantes: Aterrados (2017, Demián Rugna) tuvo estreno, aunque limitado, en salas comerciales, y actualmente se encuentra en el catálogo de Netflix. Además de sus múltiples virtudes creativas, demuestra un nivel de calidad técnica y profesionalismo suficiente para convencer al espectador medio de que se puede hacer terror en Argentina sin que sea “trucho”. Hubo también producciones de corte más bien autoral pero con una pata plantada, enterrada (aunque a veces no lo suficientemente embarrada para el gusto de algún horror-freak), que fueron bien recibidas en varios festivales, como Muere, monstruo, muere (2018, Alejandro Fadel).

Desde el 2018, también se organiza en Pinamar el Festival Blood Window, al igual que el BARS, dedicado a los géneros fantástico, terror, suspenso y afines. Su particularidad es que está organizado por el propio INCAA, y cuenta con apoyo del SITGES (Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña), el más importante en el mundo de los festivales de esta calaña. Un lugar para el cine de terror avalado por entes relacionados con cierta idea del prestigio, algo que puede venir muy bien para aumentar y mejorar la producción en términos de calidad técnica, difusión en festivales y estrenos en salas, pero a su vez presenta el riesgo de vedarlo de cierta libertad y crear una especie de “terror oficial” demasiado inundado de temas de agenda, con la alegoría y lo discursivo devorándose en parte a lo puramente cinematográfico. Como todo festival, es también un lugar de encuentro y de descubrimiento, y el choque con producciones de terror independiente de otros países latinoamericanos puede generar un ida y vuelta interesante en cuanto realizadores e ideas.

Modelos de imitación versus un terror local

¿Qué tan argentino es el terror argentino? Ya hablamos de los diálogos en español neutro en Plaga Zombie, que se repitieron en varias películas de la filmografía de Parés. En ese caso, está tirado sin dudas para el lado del humor, que ayuda a potabilizar la precariedad técnica de esa producción, proeza del cine independiente hecha con valentía, amor y sin prejuicios. Pero por otro lado, puede entenderse como síntoma de una clara anglofilia. Más tarde Parés haría películas habladas “en argentino” como Soy Tóxico y Bruno Motoneta (ambas de 2018), pero también películas en inglés (La sombra de Jennifer, 2004) y otras de nuevo en español latino, pero con doblajes profesionales, como fue el caso de Daemonium: Soldado del inframundo (2015), que cuenta con Humberto Vélez, entre otros. En este caso el foco está puesto en el mercado extranjero, lo cual no se aleja demasiado de las películas de terror europeo de los setenta, coproducciones entre varios países, usualmente rodadas en España o Italia con directores de esos países y actores de diversas nacionalidades para después ser dobladas al inglés y distribuidas con incontable variedad de títulos en salas de todo el mundo. Parés es un director que entendió la dificultad de hacer una producción grande y se dedicó a crear una prolífica carrera de cintas chicas y medianas, de estilo y calidad variada, a la mejor usanza del cine de explotación, y aun así mantuvo un estilo personal, o por lo menos, reconocible entre sus compatriotas. 

Además de las influencias anglosajonas, otro cine que pegó fuerte en algunos realizadores locales es el giallo. Los hermanos Onetti lo dejaron claro: hicieron una trilogía de giallos, de época, hablados en italiano, con textura que busca imitar al material fílmico en el que se hicieron aquellas películas que toman su nombre del amarillo de las tapas de los libros policiales baratos en los cuales se basaban, pero cuyo color dominante fue el rojo intenso de la sangre, derramada casi siempre a causa de heridas de arma blanca. Lo que los Onetti hacen es prácticamente un cover. Son producciones profesionales, cuidadas, con atención al detalle, pero pecan de tilingas: quieren ser películas de otro lado y de otro tiempo, quieren ser algo que no son y que por naturaleza no pueden ser. Ya lo dijo Javier Martínez: es muy triste negar de dónde vienes, lo importante es a dónde vas. Se aventuraron a hacer una hablada en español (o “en argentino”) con la fallida Los olvidados (2018), que tiene algunos momentos trash más que disfrutables pero se parece demasiado a El Loco de la motosierra: La masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974, Tobe Hooper), con lo cual aprovecha para insertar un tema tan nacional como el consumo de carne, también tratado en Naturaleza muerta (2013, Gabriel Grieco). Pero volviendo a las producciones en otros idiomas, o a la posible proyección hacia el exterior, es importante nombrar The Last Gateway (2007, Demián Rugna), de la que el mismo director dice en su página web que está “hablada en inglés debido a una errada estrategia comercial”. Y remarca también que en ese entonces el INCAA apoyaba mucho menos que en la actualidad ese tipo de cine. Un dilema que se plantea, respecto a la idea de un terror argentino for export, es si vende más un producto de carácter más “universal” o uno dueño de un “color local”. El primero sería sin dudas más fácil de digerir en cualquier parte del mundo, pero también entraría en un mercado tapado de competencia. El segundo, ganaría por particularidad, por unicidad, y en caso de fracasar en el mercado extranjero, tendría aún muchas más chances de llegar a las salas de nuestro país.

Pero ¿entonces? Tal vez antes de definir un terror argentino quepa preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos de cine terror, y tal vez la respuesta más rápida sea películas que toman las estructuras narrativas que el clasicismo estadounidense supo instalar, aceitar y dotar de distintas cualidades temáticas y estilísticas como estrategia en parte de distribución, dando así origen a la clásica definición de género cinematográfico, dentro del cual apareció el terror, más allá de notables e indispensables clásicos europeos anteriores como aquellos del expresionismo alemán. A partir del cine de terror norteamericano que se desarrolló a través de los años como el más exitoso y difundido, empezaron a surgir diferentes cinematografías como la ya mencionada italiana, o la japonesa, con características particulares y reconocibles. ¿Existe tal cosa en Argentina, un movimiento orgánico, con producciones emparentadas entre sí? 

El localismo de las producciones podría dividirse en dos aspectos: el contexto y las cualidades del factor terror. Por ejemplo, el elemento sobrenatural que introduce el terror en Aterrados es horror cósmico de pura cepa lovecraftiana, entes del espacio exterior que superan el entendimiento humano y rompen las barreras físicas y perceptivas que conocemos, criaturas que no son más que un atisbo de la infinita oscuridad y misterio del universo. Pero donde ocurre es un barrio clase media de casas bajas que podría ser cualquier localidad del conurbano. Lo sobrenatural, lo incomprensible y desmesurado, irrumpe en lo cotidiano. Esta suerte de “fórmula” está instalada en el cine de terror, como mínimo, desde la década del setenta: sin hacernos los raros tratando de buscar antecedentes tapados, podemos enumerar al menos Noche de Brujas (Halloween, 1978, John Carpenter) o El Exorcista (The Exorcist, 1973, William Friedkin). Sobre todo el suburbio de la obra maestra de Carpenter es reconocible en Aterrados, la referencia está pero no se queda en el homenaje-calco. Las locaciones de ambas películas comparten cierto rasgo de universalidad, pero lo local está allí. Rugna no lo exacerba ni reniega de eso. Aterrados fue filmada en El Palomar, misma localidad donde Emilio Vieyra filmó Extraña invasión en 1965, con la diferencia (además de temporal, claro) de que Vieyra llenó el barrio de parquímetros para simular que transcurría en un pueblo del sur de los Estados Unidos. Por otro lado, hay casos como el de Muere, monstruo, muere, en que el contexto urbano cede lugar al paisaje natural, en este caso la cordillera de los Andes, donde comienza a ocurrir una serie de asesinatos relacionados con una aparición monstruosa. Una película de intención más clásica, con los pies anclados cien por ciento en los códigos del género terror, y otra de corte más autoral, coqueteando con lo cronengberiano pero a la vez con un discurso relacionado con la agenda de género (demasiado innecesariamente subrayado, y aquí es donde la película falla), muy distintas entre sí pero ambas introducen influencias literarias o cinematográficas foráneas dentro de un contexto local. 

Por otro lado, son muchas menos las producciones que tienen un arraigo en la tradición y la mitología vernácula, aquellas que se ubican en el mapa como herederas de producciones no precisamente de terror pero que se han animado a tratar esta temática como lo son la excelente Embrujada (1969, Armando Bo), en que aparece el Pombero, y esa obra maestra absoluta de Leonardo Favio que es Nazareno Cruz y el lobo (1975), que explora el mito del lobizón. La reciente Los que vuelven (2020, Laura Casabé), ambientada en Misiones a principios del siglo pasado, toma varios conceptos de la mitología guaraní y los reconfigura para crear su propio universo, utilizando, de manera similar a Muere, monstruo, muere, el terror para hacer un comentario social. En Mirlos de Arkansas (2016, Pablo Vergara), un grupo de amigos que parecen salidos de una de terror ochentoso pero hecha en Córdoba se quedan varados con su auto en medio de la ruta. Empiezan a cruzarse con personajes del pueblo y a dialogar y enlazar historias con cuestiones relacionados con una bruja local que se dedica a hacer amarres. Redondeando, una muy interesante película que parece estructurada alrededor de conversaciones encadenadas, casi como si fuera un cuento narrado a cuatro bocas y con el apoyo de una locación nocturna y desolada muy fotografiada para otorgarle un carácter fantasmagórico. Entonces, los modos de hacer terror que predominan son dos, casi opuestos: el bizarro, desbocado, paródico, por lo general rabiosamente independiente y cuya exhibición suele limitarse al Buenos Aires Rojo Sangre y algunos otros festivales “primos” del nicho del terror; y el de corte más autoral, en su mayoría apoyado por el Instituto, que en muchos casos utiliza lo fantástico y lo siniestro como vehículo para un comentario social, películas que suelen estrenarse en (por no decir que van a morir a) el Gaumont y duran poco tiempo en cartelera. En mitad de eso, como un bastión se planta Aterrados, el sólido ejemplo de que es posible desarrollar un terror de calidad con potencial comercial, de alimentar una industria. Pero cuando alguien hace las cosas bien los grandes encienden las alarmas: Guillermo del Toro, en rol de productor, ya se apalabró a Rugna para dirigir la remake yanqui de su propia película. Y si tomamos de ejemplo los casos del ya mencionado Muschietti, o del uruguayo Federico Álvarez, lo más probable es que se vaya para quedarse. Entre futboleros es común escuchar que el nivel del fútbol argentino es inferior al europeo porque acá un tipo juega bien un par de meses y enseguida lo vienen a buscar de afuera. En el cine parece ocurrir lo mismo, ante la oportunidad económica tanto en lo que respecta a lo personal (el salario del director) como a la posibilidad de realizar películas más grandes, de mayor presupuesto, la decisión parece fácil, quedarse sería estoico. El crecimiento del género parece tener que limitarse a las producciones independientes, que siguen aumentando en cantidad, variedad y calidad, aunque su exhibición es demasiado reducida.

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