Deseo de matar: Vengador anónimo 2.0

Paul Kersey (Bruce Willis) es un cirujano acomodadísimo que vive con su familia en una casa enorme y hermosa. Un día sale a realizar una operación de urgencia y mientras no está entran a robar a su casa y matan a su mujer y a su hija. Perturbado psicológicamente, no encuentra otra salida a su profundo y aparente eterno malestar que salir a hacer justicia por mano propia.

Suena mal, suena políticamente incorrecto, o, como mínimo, una palabra bastante de moda: “irresponsable”. Y todo esto incomoda. Una de las razones por las cuales le fue tan bien a Joker (2017, Dir. Todd Phillips) es por lo unidimensional y moralmente tranquilizadora que es. El que mata es un loser del fondo del tarro, una víctima de la sociedad, todas sus acciones están encauzadas por un determinismo que lo libera de casi toda maldad y permite que la identificación sea fácil, poco matizada, poco cuestionable. Un héroe disfrazado de antihéroe. Pierde su trabajo, sufre constantes humillaciones, padece problemas psiquiátricos, junta ira y la desata, no en el primer inocente que se cruza, ni en un criminal de poca monta que quizá haya sufrido tanto como él, sino en un par de yuppies despreciables que están acosando a una chica. Sentido de justicia y venganza social. Todo apunta a la tesis de que ningún pibe nace chorro y a que el espectador pueda salir diciendo “qué bárbaro che” y seguir tranquilo.

En Deseo de matar, Paul Kersey es un verdadero antihéroe. Vemos el mundo a través de sus ojos, y entablamos empatía en seguida a través de la desgracia que sufre, pero no podemos parar de cuestionar sus acciones.

De entrada su clase social marca una distancia. No tiene una excusa estructural, solo individual: la venganza. De hecho, si bien Death Wish es el título original de ambas, la película en la cual Eli Roth basa esta remake se conoció en Hispanoamérica como El vengador anónimo (1974, Dir. Michael Winner), título mucho más bello que la traducción literal de la nueva versión. El personaje de Bruce Willis no se pinta la cara, usa una capucha y después de matar no baila en ninguna escalera para verse cool, va rápido a su casa a sanarse las heridas que se causó por no tener idea de cómo se dispara un arma.

A diferencia de la mayoría de las películas de acción de los últimos años, Deseo de matar no tiene un ritmo frenético, sino que su pulso se asemeja al de la película de la cual toma su premisa. Es pausada, densa, y con un tono, en principio, oscuro, asfixiante, con la muerte acechando en cada rincón. A medida que el film avanza, va ganando matices caricaturescos y exagerados, que recuerdan más al estilo asociado a las varias secuelas de la saga protagonizada por Charles Bronson, que a la película del 74.

Donde lo oscuro y lo denso se chocan con lo exagerado y lo caricaturesco aparece el humor, que se manifiesta esencialmente a través de la parodia y el exceso de sangre. La película deja ver su época en su comentario sobre los medios de comunicación y las redes sociales. Se muestra una publicidad televisiva de un local de armas, se burla a la cultura yanqui que no aparece ahí como una mera “tranquilización ideológica” o chiste gratuito, sino que termina teniendo injerencia en un maravilloso gag sangriento al final.

El protagonista consigue su arma, aprende a armarla, cargarla y dispararla con tutoriales de youtube. Una vecina lo graba con su celular matando a su primer víctima (un ladrón de autos) y el video se viraliza. Cuando la policía llega, tarde como siempre, le pide a la chica que no le muestre el video a nadie. Ella responde que ya tiene miles de visitas. Sus acciones se discuten en la tele, en talk shows berretas. Cuando Kersey mata a un dealer negro todo se vuelve más polémico, porque ahora también es un asunto racial. Los medios lo identifican como “un tipo blanco encapuchado”, con la misma insensible e indiferencia que cualquier white trash diría que los negros o los chinos son todos iguales. Se discute si es héroe o villano. Mientras la violencia en las calles no para de crecer, en las redes circulan memes del vengador encapuchado.

Eli Roth recicla a un Bruce Willis de 65 años para hacer una película de acción que lleva las mismas cualidades y cadencia que su cuerpo y sus movimientos: rota, pesada, incómoda, gris, gastada, densa, lenta y que se atreve poco a poco a más, hasta llegar a ser demasiado. Una película Sangrienta, con el humor descarado y brutal de quién siente que tal vez ya no se pueda volver a reír.