You Don’t Nomi: ¿qué es una obra maestra?

Para hablar de You Don’t Nomi primero hay que hablar de Showgirls. Después de pegarla con Bajos Instintos (1992), a Paul Verhoeven le dieron plata y rienda suelta para que hiciera básicamente lo que quisiera ¿Y qué hizo? Una de las obras maestras más incomprendidas de la historia del cine americano, sexploitation post-meyer con un presupuesto obsceno y ostentoso usado para desafiar todas las leyes del buen gusto encapsulando un drama sobre mujer de clase obrera abriéndose camino a los codazos en un mundo ajeno e hipócrita en forma de musical erótico satírico. Es fácil para mí, hoy, 2020, desarmarme en alabanzas hacia la película pero lo cierto es que en el momento de su estreno fue recibida de la peor manera imaginable, un fracaso escandaloso de crítica, que la tildó de obscena, sobreactuada, vulgar y demás adjetivos no necesariamente falsos pero tampoco del todo malos, y también de taquilla: terminó recaudando más con los años a partir del alquiler de video.

Elizabeth Berkley, que interpretó a Nomi, la protagonista, prácticamente fundió su carrera: la condenaron por mostrar su cuerpo y sobreactuar, y no volvió a tener un papel importante. La película arrasó en los premios Razzie, los infames “anti-Óscar”, que premian de forma irónica las peores películas, en que ganó siete estatuillas, incluyendo peor película de la década. Verhoeven fue el primer director de la historia en ir a recibir un Razzie en persona, momento que You Don’t Nomi revive. Pero el tiempo puso las cosas en su lugar y se fue convirtiendo en un clásico de culto (sin ir más lejos, que exista un documental sobre ella lo prueba), término fundamental en You Don’t Nomi. Diego Curubeto lo define en su libro Cine bizarro como “aquella película que logra un fuerte seguimiento de público a pesar de no haber tenido éxito en el momento de su estreno”. Tal vez una de las últimas obras verdaderamente de culto, ya que muchas de las películas así consideradas que se estrenaron en los últimos veinte años fueron producciones mucho más modestas o independientes, con una estética anclada en la ya tan instalada idea de lo que se supone que es de culto, buscando insertarse en ese mundo, y teniendo apoyo de cierto sector del público desde un principio.

Los procedimientos de You Don’t Nomi no despegan demasiado del documental clásico: voz en off de distintos críticos y escritores que hablan de Showgirls mientras se ven escenas de la película, o de otras películas relacionadas (sean otras del mismo Verhoeven u otras obras denostadas en su momento que adquirieron el estatus de culto con el tiempo), con algo de material de archivo de medios del momento de estreno y entrevistas a Verhoeven o a Elizabeth Berkley. Desde el principio se hace referencia al libro de Adam Nayman It Doesn’t Suck: Showgirls (No apesta: Showgirls) y se toma su estructura en tres partes: 1) Piece of shit (pedazo de mierda) 2) Masterpiece (obra maestra) 3) Masterpiece of shit (obra maestra de mierda). Entonces, desde este orden, el recorrido que se hace sobre las distintas visiones de la obra es relativamente cronológico, al menos empieza por el principio, con un batallón de insultos e indignaciones extraídos de periódicos y programas de televisión del 95, apoyados por el discurso oral de una crítica. En seguida empieza la refutación: se abre el abanico y aparecen las primeras voces reivindicatorias. Algunos simplemente dicen que no era tan mala, o que al menos era buena desde lo técnico (elogio condescendiente y envenenado si los hay), pero al poco tiempo llegan los verdaderos defensores, los que “la entendieron”, como dice un actual profesor de cine que la odió en su estreno y al repasarla se dio cuenta de que mucho de la exageración y el exceso a que tantos molestó en general era parte de una obra hiperestilizada y antinaturalista que funcionaba a la perfección como representación de la maquinaria del reviente que puede ser Las Vegas y el mundo del espectáculo. También se habla del poder de cada una de las coreografías puestas en abismo durante los numerosos shows como un recorrido por la historia del cine musical, de la inteligencia de cómo esas escenografías se funden con la trama y con los escenarios del mundo exterior.

Pero lo más interesante, sin dudas, es la idea de “Masterpiece of shit”, tan pegada al concepto de película de culto. ¿Por qué una película no puede ser una “obra maestra” y una “mierda” al mismo tiempo? ¿No podríamos catalogar así a las películas de John Waters, o a todo lo que se conoce como cine trash, por ejemplo? Es un tipo de tensión única que muchos se niegan a aceptar, lo bueno no necesariamente debe ser apolíneo, recto, limpio, fino; también puede ser grosero, vulgar, sucio, excesivo, maleducado, caótico. Acá también entra en juego el concepto camp, que podríamos definir como estética del mal gusto. Lo que You Don’t Nomi tiene para preguntarse al respecto tiene que ver con la intención, de lo camp en general, y de Showgirls. ¿Algo puede ser camp a propósito, o solo ocurre cuando algo termina siendo “tan malo que es bueno”? ¿Qué buscó ser Showgirls? La mayoría coincide en que Showgirls no es “tan mala que es buena”, hay cierto consenso de lo camp que está usado de forma autoconsciente. Verhoeven les pedía a todos los actores sobreactuar, hacer movimientos exagerados. Berkley declara que lo que intentaron, y lograron, era hacer una película divertidísima. Por otro lado, Kyle MacLachlan dijo que todos sabían que estaban haciendo un drama. En medio de este mar de contradicciones surge otra pregunta, tal vez la más pertinente a la hora de enfrentarnos a cualquier película y pensar en las intenciones del director: ¿Importa?