David Robert Mitchell: el mito de la cultura pop

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Según las películas de David Robert Mitchell, el cine es el único refugio. Digo refugio y no salvación porque la salvación parece estar descontada: el mundo apesta y ver películas es un estado idílico que puede protegernos por un rato. Por eso hacerlas, por eso verlas. Al no-monstruo de It Follows se lo puede, a lo sumo, alejar, pero va a seguir ahí, cobrándose vidas. El final de Under the Silver Lake, su última obra y una de las grandes películas del siglo, es elocuente desde su incertidumbre, circular y pesimista, que de alguna forma parece actualizar la fobia a la amenaza nuclear del final de Kiss me Deadly, otro noir extrañísimo ambientado en Los Ángeles, corriendo el foco a las paranoias actuales.

Un personaje de The Myth of the American Sleepover dice que la adolescencia es un mito. La película, una teen movie, es un relato coral compuesto por varias historias mínimas, de las cuales se desprende la misma idea a la que aluden tanto este diálogo como el título. Todo sucede en el último día de las vacaciones, en un suburbio de ensueño donde el existencialismo y la melancolía adolescentes resucitan ajenos a su vertiente más pretenciosa, en una búsqueda poética cuyo objetivo es coger por presión social, escondiendo el deseo real de la utopía hollywoodense del verdadero amor. En ese deseo se revela que la desmitificación que propone Mitchell nunca es secular. El mito que se erradica es en parte la mirada negativa hacia la juventud, ya que estos personajes a pesar de su confusión sienten y piensan de manera compleja, pero sobre todo el del mandato social de lo que se espera de un adolescente, y con ello, la nostalgia de dejar atrás la niñez, terreno de la pureza y el sentimiento lúdico. Porque Mitchell deconstruye los géneros sin dejar de amarlos, no los disecciona con ánimos de entomólogo como mera demostración del funcionamiento de un artefacto, sino que los reconfigura desde una autoconciencia madura, exponiendo el mito (el de la adolescencia en este caso, el del cine, siempre) a la vez que se les rinde culto, y la niñez no es más que parte de ese mito, en que el juego es la ley primera, un lugar cuyo sentido de pertenencia se afirma en la reticencia a crecer de sus personajes y se explicita en una de las primeras escenas de su siguiente película, It Follows, una de terror. En ella, la protagonista y su cita también juegan. Y lo hacen en un cine. Las reglas las propone él: elegir, sin decirle al otro, de las personas que están alrededor, una que le gustaría ser, y la otra persona tiene que adivinar. Él elige un niño.

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En varios sentidos puede entenderse a It Follows como una continuación de The Myth. El propio Mitchell cuenta en una entrevista que la idea surgió de preguntarse qué pasaría al introducir un elemento sobrenatural en ese suburbio, con esos personajes. La premisa es la siguiente: hay un ente que te sigue, solo vos lo podés ver, y la única forma de que deje de seguirte es teniendo sexo con alguien, pasándole así el ente a esa otra persona. La desconexión entre lo sexual y lo emocional, ya presente en su ópera prima, acá queda en primerísimo primer plano. Sexo por salvación. Allí empieza a jugar la paranoia, entrando por medio de la endogamia, ¿en un suburbio así, donde todos se conocen con todos y no hay mucho contacto con el exterior, cuándo me toca de nuevo?

Esos planos detalle etéreos, que componen poesía, usualmente corresponden a la subjetiva de un voyeur, por no decir chusma o pajero. Si en The Myth representaban la curiosidad propia del despertar sexual, en It Follows se identifican con la idea de acecho, sin alejarse de lo sexual, pero esta vez como amenaza, idea acentuada por los lentos zooms que dan la sensación de persecución constante y travellings circulares que además de ser hipnóticos ponen otro clavo en la resignación ante la naturaleza de la criatura: tarde o temprano el círculo se completa. En It Follows también hay niños que espían inocentemente, causando alguna sonrisa de ternura en Jay, la protagonista interpretada por una Maika Monroe capaz de transmitir con sutileza la más cariñosa fragilidad o la más sincera desesperanza, pero el Mal está siempre detrás. El “mirón”, figura y metáfora fundamental del cine, sobre la cual Hitchcock y De Palma, por nombrar solo dos, trabajaron casi en toda su carrera, encuentra en Mitchell un heredero, un nuevo guardián de esa fascinación cómplice del espectador como agente externo, que observa sin ser descubierto. Esta es solo una de las maneras en las que enarbola una orgullosa cinefilia, marca de estilo que abarca pósteres, personajes que ven películas en la tele y dialogan ingeniosamente con la trama, y referencias que exceden con creces la mera cita, volviéndose parte de un mundo propio, tangible, reconocible, que explota de forma centrífuga en su siguiente película.

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Si en sus dos primeros largos el mirón podía excusarse con cierta idea de inocencia en su curiosidad primaria, sumando en la segunda la idea de amenaza, Sam (Andrew Garfield), el protagonista de Under the Silver Lake no tiene excusa. Espía a sus vecinas con unos binoculares desde el balcón (indiscreto) de su departamento en Los Ángeles, porque no tiene mucho más que hacer. Es eso que los estadounidenses llaman un slacker y nosotros un vago. No trabaja y están a punto de desalojarlo. La chica que espía, algo así como un fantasma de Marilyn Monroe interpretado por Riley Keough (nieta de Elvis Presley, dato de color pero que agranda la constelación pop del film), le da bola y de repente desaparece. Se obsesiona irracionalmente y decide salir a buscarla, en un neo noir laberíntico y psicodélico que explora el lado B de Los Ángeles y Hollywood desplegando un abanico de situaciones y personajes que funciona como una suerte de universo expandido propio de la película, incluyendo fiestas excéntricas, actrices fracasadas devenidas en prostitutas, misteriosas amenazas intangibles herederas de It Follows y un fanzine que intenta explicar todo. El protagonista ya no es un adolescente sino un adolescente tardío, treintañero inmaduro con la misma reticencia a crecer que teens de The Myth e It Follows. En esas dos, no había adultos, los pocos que aparecían estaban dormidos o fuera de campo; en Silver Lake Sam es un adulto ajeno al mundo de los adultos. El escenario pasa de suburbio a gran urbe y la obsesión por la cultura pop es marco y contenido, medio y fin de todo lo que pasa. La búsqueda de Sam es una excusa para desenmarañar sus obsesiones conspiranoicas de mensajes ocultos en películas, canciones, revistas y demases, llegando a lo más profundo de la superficialidad –el mito de la cultura pop– y aceptando esa “gran mentira” como fin en sí mismo, consuelo de todo lo que oculta. El corazón de la película es esa escena inolvidable donde Sam se encuentra con un compositor en su mansión, Mago de Oz y Sunset Boulevard de por medio.

Dentro de este mar referencial se ubican la hiperbolización del papel de la mujer como objeto voyeurista en la tradición clásica hollywoodense y del homeless como golpe de realidad dentro de la fantasía cinematográfica, cultura subterránea dueña de una sabiduría y un lenguaje propios. Cita a sus películas anteriores demostrando no solo conciencia de una historia cinematográfica clásica sino también de su propia pertenencia a la industria. Momento cúlmine del cine posmoderno: tres películas le bastaron a Mitchell para autoincluirse dentro del mismo lodo todo manoseado.

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Mitchell es un marginal de la industria, pero que al mismo tiempo ha logrado armar un camino dentro de ella. Es, a la vez, un ejemplo, de una generación de cineastas que han transitado por un camino similar, y por eso vale su distinción particular dentro de este especial. Un autor y un faro que ilumina desde los bordes, cuya autoconciencia de serlo no le quita vigor a su narración, un tipo que puede jugar con las formas a pesar de las fórmulas, trabajar desde los géneros y contar una historia desde la intriga sin dejar de imprimir un sello personal, y sobre todo un director dispuesto a tomar riesgos: después de la buena recepción de The Myth of the American Sleepover, en vez de hacer otra película modesta y realista, se volcó por algo más ambicioso, con una trama sobrenatural. Después del éxito de It Follows, en vez de ayudar a encasillarse en la “nueva ola del terror”, se la jugó e hizo una película enorme, dispersa, inabarcable y desobediente. Esta valentía, cualidad con la que le escapa a hacer lo que se espera de él, o a buscar prestigio festivalero tratando temas “serios”, lo desmarca de sus coetáneos. Su próximo proyecto es del género más taquillero del momento, superhéroes, dudo que eso lo salve del injusto ninguneo que sufrió Under the Silver Lake pero la esperanza es lo último que se pierde. Por supuesto, será una visión externa, personal, ajena a los universos Marvel y DC. Se llama como una canción de Beach Boys: Heroes & Villains y se sabe poco más que eso. Es de esperarse una estética más cercana a Ultraman, a la ciencia ficción de los cincuenta, a las primeras películas de Superman y a los cómics de entre los 30 y 60 que a los tanques del MCU, o a la solemnidad de las Batman de Nolan. Suena como un paso coherente, terreno fértil para continuar no solo su acostumbrada deconstrucción genérica, sino también las reflexiones acerca de la industria que puso en escena en los contextos más disparatados, sobre todo en su última película. Un viaje a una zona aún no explorada de ese mundo que es su cine. Porque, como dijo un multimillonario new age en una de sus películas, este es un mundo en el que nadie con algo de sentido común se quedaría.

Esta y más notas en el especial en PDF de la Revista 24 cuadros

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