Vitalina Varela: más corazón que odio

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There’s a city limits marker
Of an unfamiliar town
With my head slightly bent
I can see it in the light
Unknown passage
Cuttin’ like a knife through the night.

Dead Moon, Unknown Passage

Cuando me puse a mirar Vitalina Varela, vi la secuencia inicial, esa que termina en el título de la película, puse pausa, y arranqué de nuevo. Sí, es sacrilegio, sí, es algo muy de “espectador 2.0”, pero esos minutos iniciales me generaron una incredulidad y estupor que me obligaron a repetir la secuencia para poder dar crédito a mis ojos y oídos. Vemos marchar figuras espectrales por un pasaje oscuro que, por las altísimas paredes que lo encierran, coronadas por cruces sepulcrales, parece ser una grieta enorme en un cementerio. Las figuras, que al principio son poco más que sombras en un abismo, empiezan a dejar ver sus caras y, continuando su marcha con el mismo ritmo cansino, se diseminan por las precarias casas de un barrio pobre de Lisboa. Se siente como un recorrido de lugares de ensueño, pesadillescos, pero sin ser un espiralado descenso infernal como, por ejemplo, Detour, película onírica y maldita si las hay, sino más bien, un purgatorio ya hace rato instalado. La secuencia termina con Vitalina Varela (nombre que comparten película, personaje y actriz) que baja descalza la escalera de un avión y llega a ese purgatorio.

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Vitalina acaba de enviudar y llegó tres días después del entierro. Se dice que los fantasmas siguen vagando cuando al finado le quedan cuentas pendientes, pero acá parece ser Vitalina quien, aún en vida, deambula como fantasma, como si fuera ella quien atormenta al muerto hasta saldar su propia cuenta pendiente. Durante el día recorre sombríos interiores, recibe en silencio los pésames, plantándose como un bastión de dignidad en el centro de la escena, a medida que va descubriendo los pormenores de la muerte de su esposo, de cómo vivió sus últimos días, y a la vez revelando sus verdaderos sentimientos hacia él. Estos lugares, con su entramado de colores neutros y sombras perfectamente organizadas recuerdan al trabajo del pintor neerlandés Johannes Vermeer. Con estos recursos el director logra dar mayor espesor, textura y cantidad de matices a cada decorado dotándolo de un valor propio, de una potencia intrínseca que implosiona cuando los cuerpos entran en pantalla, pero además, le suma una sensualidad formal, por la angulosidad y dureza de estas sombras proyectadas y el uso de lentes que exacerban la profundidad de campo, que remite al expresionismo alemán, o incluso a Jacques Tourneur, porque en Vitalina Varela hay algo del misticismo surgido a partir de la más pura materialidad de Yo caminé con un zombie (I Walked with a Zombie, 1943).

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Como contrapunto, por la noche, Vitalina se entrega a la vasta oscuridad de los exteriores. La negrura absoluta del cielo carga las calles de un aura tan surrealista como el de los pasillos de las casas. Si bien muchas de las texturas coinciden, uniendo interiores y exteriores como parte de un único mundo cinematográfico claramente reconocible, lleno de tierra, ruinas, cemento derruido, ramas y demás, es ese cielo infinito el que marca la diferencia: es la única compañía con la que Vitalina se siente realmente cómoda, un poco libre, aún cargando al hombro su pesada mochila espiritual pero a sabiendas de que si hay redención, es allí donde la va a encontrar.

Cuando Vitalina, al principio de la película, baja del avión, le dicen que no tiene nada que hacer en Lisboa. Que llegó tarde. Pero ella decide quedarse: esperó 20 años para poder viajar desde Cabo Verde y nadie va a convencerla de volver. Por eso atraviesa su duelo en ese hogar precario que, ya alcanzada la paz interior después de purgar los pecados, será el refugio de un nuevo comienzo, coronado por un luminoso baño solar.