In Fabric: rasgarse las vestiduras

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Si De Palma hizo Vestida para matar (1980), In Fabric hace un vestido para matar, marca Dario Argento, pero en clave comedia extraña con subrayadísimo comentario social. La historia se parte en dos: la primera mitad tiene a Marianne Jean-Baptiste (Secretos y mentiras) como Sheila, una madre cincuentona divorciada con ganas de recuperar su vida sexual. Consigue citas en anuncios del diario, y para ir coqueta a la primera de ellas va a comprarse ropa nueva: un vestido embrujado que mata gente. En ese contexto el (poco, y medido) terror y el humor (seco y absurdo, bien dosificado) funcionan. La segunda historia está protagonizada por un reparador de lavarropas al cual un amigo le regala el mismo vestido en su despedida de soltero y lo obliga a usarlo. En esta mitad la película casi que se parodia a sí misma, se repite, lo absurdo deja de tener gracia y parece más bien pasarse de listo, cubierto por procedimientos arty y dándosela de raro como una fachada para tapar que no tiene demasiadas ideas.

Hay que decirlo: a la hora de jugar a ser Suspiria (Dario Argento, 1977) nadie lo hizo mejor. Ya desde los títulos, con ese granulado setentoso que junto a un acompañamiento musical estilo goblins le da una textura especial a ese entramado de luces y telas rojo profundo, que intercalándose con maniquíes y espejos que recuerdan a Seis mujeres para el asesino (Mario Bava, 1964) y gente apiñada contra vidrieras, introducen el tema textil. Claro que lo interesante no es la proeza técnica de la reproducción, citar sin reformular tiene cada vez menos sentido (si alguna vez lo tuvo). Francesca (Luciano Onetti, 2015) lo demuestra: un giallo nacional hablado en italiano, con procesos visuales que buscan que parezca filmada en los sesenta, se queda en el puro juego cinéfilo de completar el álbum de figuritas de cuántos giallos viste. Es como una de esas ilustraciones compartidas en redes sociales con epígrafes que dicen “¿cuántas películas de terror reconocés en esta imagen?”, y uno no puede no ceder a la tentación, como si se tratara de un ¿Dónde está Wally? pero en vez de buscar al simpático monigote de camiseta a rayas, vamos con la calabaza de Halloween, las garras de Freddy Krueger, la motosierra de La masacre de Texas. ¿Y cómo reformula In Fabric? Se ríe.

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El humor trabaja menos parodiando el género que usándolo como punto de partida estético para desarrollar la comedia sobre esa ingeniería visual. No se entrega a la comedia desbocada, al placer puro y sin culpas de la risa, sino que se ríe de forma medida, calculada con inteligencia para nunca derrapar. No apunta a la carcajada guasa sino a la risita cómplice. Es un humor que se jacta de ser solo para inteligentes, ajeno al pedo, la caída, lo vulgar; con lo sexual como algo frío y robótico, más en su vertiente biológica, científica, maquinal que en su sentido sensual, amoroso, cálido, friccionado, humano. El técnico de lavarropas de la segunda historia, a modo de leitmotiv, repite como mantra una serie de fallas habituales de los aparatos que intenta arreglar, hipnotizando a sus interlocutores hasta dejarlos dormidos. Ese automatismo, además de contener en algún sentido ese segundo fragmento de In Fabric, puede relacionarse con los discursos de catálogo de moda que usa la extraña mujer que atiende en el elegante local de ropa donde Sheila compró el vestido, pero en este caso las reacciones cambian a medida que se toma conciencia de las cualidades malditas de la prenda. Se da un juego de acción y reacción, que a diferencia del mantra sobre lavarropas que no es más que una canchereada de estilo sin mucho sentido, carga dramáticamente la imposibilidad de deshacerse del vestido, que no es un vestido sino todos los vestidos hechos en talleres clandestinos, todas las prendas que surgen del trabajo esclavo. Hay vestiduras que no pueden rasgarse.