El color que cayó del cielo: Dios bendiga a Nicolas Cage

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A partir del éxito de Mandy, épica rockera, lisérgica y romántica dirigida por Panos Cosmatos en 2018, Nicolas Cage se consagró definitivamente como el último héroe de exploitation. Ya llevaba un rato trabajando incansablemente, desde 2015 que actúa en cuatro o cinco películas por año en las que representa un arquetipo que ya es suyo, que en algunos casos parece pasar por encima de guiones o de directores (de la calaña de artesanos industriales), a veces no encajando del todo pero siempre brillando como un carbón encendido, lejos del oropel del prestigio, esa idea u objetivo tan dañina para el cine. Este arquetipo consiste en tipos duros, usualmente padres de familia, capaces de sortear los más arduos conflictos mediante fuerza o ingenio, pero siempre con un sarcasmo casi psicópata, y violentos y comiquísimos ataques de histrionismo, a veces absurdos. Fue padre filicida (Mom and Dad), pirata (Primal), policía veterano involucrado en un robo (The Trust), leñador que lucha contra hordas de monstruos motorizados (la ya mencionada Mandy), y ahora se enfrenta a deidades lovecraftianas, en una adaptación de uno de los mayores clásicos del escritor de Providence, de los mismos productores que la película de Cosmatos.

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Cage interpreta nuevamente a un padre de familia, Nathan Gardner, que se muda con su esposa Theresa, recientemente operada de cáncer de mama, y sus hijos al campo, para alejarse del caos de la ciudad, tener una vida más tranquila y natural que pueda ayudar a la salud de Theresa, beber agua pura de aljibe, cultivar tomates y criar alpacas para ordeñar. La hija es wicca, el hijo menor se la pasa viendo la tele y el hijo mayor se la pasa fumando porro. Una noche un color cae del cielo y las cosas se complican.

El estilo de Howard Phillips Lovecraft podría definirse como oscuro, lúgubre, pesimista, pestilente, y también misterioso en cuanto representa la naturaleza de deidades cósmicas que van más allá de la comprensión humana. En la película no hay nada de eso. Nunca hay densidad, la atmósfera nunca es pesada, incómoda ni incierta. La falta de oscuridad en el tono llama la atención, por el uso de símbolos vacíos como la reiteración de la figura del triángulo (está en una hebilla del pelo de la hija wicca y en un altillo triangular con una ventana también triangular que ocupa siempre el centro del cuadro), apoyada por encuadres simétricos sobre todo cuando los personajes están en el living de la casa; recuerda por momentos a Midsommar, una película de terror en que siempre es de día. En El color que cayó del cielo, la mayoría del tiempo es de noche, pero una noche que nunca es del todo oscura, que nunca intimida. La pestilencia se nombra pero nunca se siente, todo se ve demasiado aséptico y luminoso para que la superficie de la pantalla transmita el mismo hedor que la prosa de Lovecraft. El color que cayó del cielo es el violeta, y tiñe todo, cielo, árboles, animales. Hay algunos planos que parecen salidos de un cuento de hadas o de una propaganda de jabón en polvo con aroma a lavanda. Hay un bicho violeta que casi podría protagonizar una de Disney.

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Momentos intensos hay, algunos. Como ya dije, Nicolas Cage dignifica: sus absurdos berrinches por el sabor de los tomates que cosecha o porque su hijo se olvidó de alimentar y guardar a las alpacas son pasos de comedia tal vez accidentales pero de alta efectividad. Están aparte de la película, son el micromundo Cage, y son lo mejor. Hay una grotesca unión madre-hijo que es muy bella una vez consumada, pero está llevada a cabo con algo de cobardía. Vemos un resplandor violeta y de repente están unidos en ese monstruoso amalgama humano. Y no se trata de un fuera de campo sugestivo en la tradición de maestros como Jacques Tourneur, sino de una falta de atrevimiento. Hubiese sido interesante ver la unión, la transformación, en un plano. No hay de eso que Bazin llamó montaje prohibido, esa potente sensación de realidad aumentada que se da al eliminar la fragmentación y mostrar interacción de dos sujetos u objetos cinematográficos en el mismo encuadre. Se soluciona mediante corte pudiéndose haber aprovechado el CGI. Hay otros ejemplos de esto en la película, de menor importancia: Cage ordeña alpacas en dos planos, un primer plano suyo y un plano detalle de las manos, suyas o no, sacando leche. La hija autoflagelándose de la misma forma fragmentada.

Hay varias cosas que quedan en la nada. La idea del cáncer solo se menciona para hacer referencia al olor, ese olor que se dice pero no se siente, no se desprende de la superficie de la pantalla. La hija, que practica brujería, abre la película realizando un ritual, que por cierto es un ritual bastante genérico y no parece responder puntualmente a la mitología lovecraftiana. Ahí queda: después pasan cosas pero no se establece una clara conexión, ni se la muestra como una entendida en el tema capaz de proveer una solución. Hay un personaje totalmente colgado, un viejo hippie que vive en una cabaña cercana a la casa, está totalmente pirado pero nunca sabemos si esa condición fue consecuencia de haber tenido algún contacto con deidades cósmicas o solamente tomó mucho ácido en los sesenta.

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El color que cayó del cielo es una transposición de Lovecraft que poco contacto tiene con su mitología, su esencia. Una película que se supone de terror pero no tiene ni un susto, y encuentra lo mejor de sí en las desubicadas irrupciones de un gran actor. Cage dignifica.