The Call of the Wild: Yo vivía en el bosque muy contento

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Qué mala es la nueva The Call of The Wild. El héroe es un perro de CGI orgulloso de serlo, acaso esta sea su única virtud, cuánto peor sería que pretenda realismo y seriedad. En realidad, buena parte de la película es íntegramente animación digital, ya que no son pocas las escenas de “puramente animales”. No dejamos de extrañar a los verdaderos perros actores como, sin ir más lejos, el de la adaptación dirigida por William Wellman en 1935 de la misma novela. Pero bueno, son los tiempos que corren, y un perro digital da infinitas posibilidades. Buck está tan personificado que no hubiese desentonado ni un poco que hablara. No habla, pero entiende a la perfección, no solo el idioma humano-inglés sino también la moral judeocristiana que parece acatar a la perfección. Hasta es capaz de correr a cazar una liebre, capturarla y arrepentirse, contradiciendo a su instinto natural en favor de la compasión. Buck, el perro, es acaso el mejor cristiano que el cine nos dio en años.

La película empieza con una animación que nos ubica espacial y temporalmente en la fiebre del oro de principios del siglo pasado. Borges decía que si una historia ocurre en la India, la inverosimilitud se vuelve tolerable. Acá los hechos ocurren en Norteamérica en un pasado no tan lejano, pero la técnica de animación utilizada en el prólogo funciona de manera similar al procedimiento aludido por el escritor argentino y logra que los lugares reales que se mencionan, como Yukón o Dawson, nos suenen inventados, contextualizándonos en ese país hermoso y ficticio que es el cine de aventuras. Esto, y el hecho de ser una película infantil, permite que, por ejemplo, un hombre negro desempeñe un papel activo en la sociedad sin sufrir la más mínima muestra de racismo.

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Luego de esta presentación seguimos a Buck escapándose de dueños malos y cayendo en manos de dueños cada vez mejores. La cantidad de hazañas desinteresadas, por puro amor al prójimo, que realiza en menos de media hora de película es suficiente para que pueda arriesgar su vida para salvar la de un humano o un lobo desconocido sin que represente ninguna sorpresa, sobresalto o emoción en el espectador. Porque a estas alturas Buck ya es algo así como la versión canina de Superman, pero sin kriptonita. Incorruptible, indestructible. Ya sabemos que los buenos ganan, pero pocas veces ganan tan fácil. No puedo dejar de pensar con vergüenza ajena en los momentos en que Buck ayuda al personaje de Harrison Ford con sus problemas con la bebida, sin ningún motivo que justifique dramáticamente la aversión del animal hacia el alcohol más que su ya mencionado puritanismo que ya sospechamos si no es acaso cuestión de pedigree. ¡Ah! Está Harrison Ford. Por lo menos está Harrison Ford. Una buena. Solo él, uno de los mejores actores vivos, rostro y cuerpo por excelencia del cine de aventuras de los últimos cincuenta años, le da un poco de vida a la cuestión. En algún momento de la película arma equipo con el perro y juntos se aventuran hacia el lugar donde los demás buscan oro. Los demás, porque claro, a ellos el oro no les importa, son personajes demasiado nobles como para ser codiciosos. Ni siquiera tenemos la fábula de quien busca oro y al encontrarlo entiende por tal o cual razón que lo material no es lo más valioso. Acá los que no lo buscan lo encuentran por casualidad, por un momento deciden quedárselo, no todo porque nadie necesita tanto, pero se arrepienten. Un lindo paseo por el bosque, al fin y al cabo. El bosque es importante, si bien el viejo y Buck no corren demasiados peligros, este último redescubre poco a poco sus raíces ancestrales y se conecta con su estatus salvaje y primitivo a través del grosero leitmotiv de una fantasía con un lobo, que se repite más o menos cada quince minutos, cada vez con más aullidos, hasta que se encuentra con los verdaderos lobos.

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En algún momento asoma un villano, que sí está sediento de oro y, por supuesto, no tiene amor ni compasión por los perros. Es bastante inverosímil y exagerado pero está ahí para que Buck pueda superar su única debilidad, revelada en los primeros minutos y reencarnada por el villano sobre el final.

En conclusión, cualquier buen hogar religioso y puritano puede exponer a sus hijos a esta película sin sentirse en riesgo de que sean corrompidos por las oscuras influencias del buen cine, tan usualmente portador del pecado. Así y todo, no es fatalmente aburrida, es un poco ridícula y está Harrison Ford. Como mala película que es, aún puede resultar simpática.