Pájaros de Verano, el nacimiento de una Nación

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Después de la excelente El abrazo de la Serpiente, Ciro Guerra codirige con Cristina Gallego una película que se suma al patrón (del mal) de productos audiovisuales sobre narcotráfico realizados en los últimos años. Este tipo de producciones (mayormente series) parece ser la versión siglo veintiuno de los gangster films, basta con ver la pantalla de inicio de Netflix para adivinar su dominio en el mercado, pero en términos cualitativos este nuevo subgénero todavía está en falta. La figura Pablo Escobar se erige como una suerte de Dillinger sin su The Public Enemy o de Al Capone sin su The Untouchables.

La relación entre Pájaros de Verano con el clásico gangster film se vislumbra en la estructura de ascenso y caída del protagonista, empieza a traficar, cada vez mayores cantidades, cada vez más dinero, más poder y por ende más enemigos, cae por su propio peso. Acostumbrados a ver películas norteamericanas donde los traficantes son como fantasmas surgidos de cualquier lugar de esa zona homogénea que es todo lo que esté de México para abajo, es llamativo y grato encontrarse con una producción cien por ciento colombiana sobre el inicio del narcotráfico, un quiebre en la historia de su país. Y el hecho de ser colombiana es importante, el binomio Guerra-Gallego apuesta al regionalismo. La característica saliente de la película es la presencia de la cultura wayuu, un grupo aborigen de la península de la Guajira, sobre el mar Caribe, en cuyo idioma es hablada la mayoría de la película. El largometraje comienza con un ritual wayuu, en el cual la niña de una familia se convierte en mujer y al mismo tiempo en “mercancía matrimonial”: ahora puede casarse pero el postulante, que no es otro que Rapayet (José Acosta), el protagonista, deberá pagar un precio en collares, mulas y otros tipos de ofrendas. Su empleo no es suficiente para costearse a la mujer que desea y cuando ve la chance de tener mayores ingresos de forma más rápida no lo duda. El punto de vista invierte la lógica de narcotraficante latino invasor que corrompe la Tierra de las Barras y las Estrellas introduciendo drogas por la de gringo-anticomunista que busca droga presentándose como oportunidad para hacer dinero.

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De acá en adelante lo pintoresco del primer ritual desaparece. La esposa de Rapayet es prácticamente un ente, funciona como justificación dramática del surgimiento de su marido como gangster pero de ahí en más es un maniquí con un bebé en brazos. Las cuestiones de la cultura wayuu siguen ahí, con una monótona subtrama familiar que se desarrolla presentando un sistema de reglas y creencias que la comunidad no puede romper, dificultando más algunas operaciones. Aquí destaca Úrsula, la suegra, a la que se le adjudica el rol de líder del clan, rodeada de personajes poco memorables y nulo vuelo estético salvo por algunos pasajes desérticos. Rapayet es secundado en sus actividades ilícitas por un amigo ajeno a los wayuu y aficionado a las fiestas, armas, vehículos, cada vez más ambicioso e irrespetuoso por lo que un fragmento de película que se hace eterno se dedica a los obvios encontronazos entre ambos. A medida que Rapayet tiene que lidiar con peces más gordos y negocios más difíciles, su familia aprueba o desaprueba sus acciones de acuerdo con el sistema de creencias anteriormente mencionado.

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Pasan varios años, los niños crecen, aparecen personajes nuevos pero a esa altura es difícil que alguien haya mantenido el interés. Para finalizar agrego dos palabras, las que proferí en voz alta y como acto reflejo al terminar la película: “¡Al fin!”.