The Nightingale: el canto del ruiseñor

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Pantalla en negro, escuchamos una voz masculina nombrar a Clare, la protagonista, el negro se va despejando y la luz de las velas nos va revelando su cara. Ese paso de la oscuridad más absoluta a la luz, aunque tenue, que permite discernir lo que hay alrededor pero no otorga verdadera claridad ni alivio, es un mecanismo formal mínimo que a su vez engloba el sentido de la película.

Después de sacudir el terror contemporáneo con The Babadook, la realizadora australiana Jennifer Kent vuelve con una película arraigada a la historia de su continente, ambientada en Tasmania a principios del siglo XIX, durante el genocidio perpetrado por colonos británicos que devastó gran parte de la población aborigen. Se aleja del género de su aclamada ópera prima, lo único que la emparenta con el terror es una estructura propia del subgénero rape and revenge: Clare, una convicta irlandesa, es violada por un soldado inglés que además mata a su esposo e hija, y busca venganza. Pasados unos primeros veinte minutos a todo trapo, en un tono de violencia y desborde, la película se desarrolla como un drama.

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Luego de cometer las atrocidades mencionadas, confiado de no tener problemas con la justicia por el respaldo institucional que le proporciona su posición, el soldado emprende viaje a una ciudad al norte donde tiene prometido un mejor puesto. Así, la película se bifurca en dos viajes que en realidad son uno, el del soldado, acompañado de otros dos soldados de rango inferior, dos convictos (uno de ellos un niño) y un negro guía; y el de Clare, que va tras ellos acompañada también por un negro guía, y por Becky, la yegua de su difunto esposo. Los negros son despreciados por todos los blancos, desde los soldados ingleses de más alto rango hasta por los convictos irlandeses explotados hasta el asco por los primeros, pero son imprescindibles para atravesar la selva. En el acto de acudir a su ayuda, pues son estos los únicos verdaderos conocedores del terreno y de la naturaleza, los británicos admiten implícitamente que esa tierra les pertenecía y les fue usurpada.

Los dos viajes se desenvuelven de manera más o menos independiente, uno tras las huellas del otro pero sin demasiados cruces emocionantes, más bien se preocupan por delinear las relaciones entre los personajes que componen cada grupo. El de Clare es predecible, ambos empiezan con furtivas miradas de desconfianza pero al irse dando cuenta de que comparten el odio hacia los ingleses, cada uno con su respectivo discurso lastimero en una fogata, comienzan a llevarse mejor hasta el punto de protegerse mutuamente y sentir un verdadero afecto. El camino de los malos es más interesante. Los dos soldados que acompañan al líder, déspota implacable, son arquetipos opuestos y muy bien delineados. Uno es un joven que siente repulsión por la barbarie que lo rodea pero no tiene las agallas para rebelarse o siquiera escapar. El otro es la epítome de lo bárbaro, goza de cada crueldad, de cada uno de los actos que ponen nauseabundo al joven. El líder no se inclina ni para un lado ni para el otro de esa balanza, tira para su lado y repudia y reprende sin culpa ni sadismo cualquier acto que le represente un palo en la rueda.

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El canto del ruiseñor anuncia la llegada de la primavera y popularmente se dice que es buen augurio, que trae amor y optimismo. Clare más de una vez canta en situaciones adversas, a veces incómodamente obligada, otras como un consuelo o como una forma de mantener la esperanza, una búsqueda sagrada e irracional por ese optimismo, ese buen augurio, esa resiliencia que parece esconderse tras la venganza. Tal vez le sobren algunos minutos, o de a ratos se achate por falta de un “algo más”, una irrupción impredecible, un momento de vuelo cinematográfico mayor durante el desarrollo que lo saque de cierto letargo en el que por momentos se sumerge pero The Nightingale es un intento noble de una mixtura de géneros que en ningún momento desentona como tal.