The Beach Bum, el placer de que no te importe

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The Beach Bum es una suerte de stoner film pasada de rosca, una comedia irreverente, inmadura. Un fuck you, una mostrada de culo a nadie en particular y por ningún motivo. Trata sobre Moondog (Matthew McConaughey), una especie de The Dude poeta, que se pasa la película deambulando entre fiestas, sexo, drogas y demás placeres terrenales. No narra su vida sino una porción de su vida, el personaje es particular pero no la porción, bien podría haber sido cualquier otra. Seguramente si el tiempo narrado hubiese sido anterior o posterior al que Korine pone en escena, la película no hubiese sido muy distinta. Es una muestra que se toma como prueba de un caso, un momento arbitrario en su vaivén hedonista en el cual se pasea de aventura en aventura pero con la sensación de que nada pasa. Es que ese vaivén transmite casi una idea de estatismo, no porque las cosas estén efectivamente quietas (todo lo contrario) sino porque hay una constancia dada por el nivel en el que Moondog respeta sus propia reglas, no importa el momento, lugar o situación, no importa la compañía, no importa si está bañándose en la más vulgar de las riquezas o hundiéndose en la más cruda de las pobrezas, si está solo o acompañado ni cuál es su compañía, si está físicamente encerrado o libre, porque según sus normas, siempre es libre y la lógica de su accionar no varía. Su actitud es imperecedera, estoica. Siempre se las arregla para divertirse, para encontrarle el lugar a la risa o a la burla, nunca detiene su desbocada búsqueda de placer.

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En su aletargado trip alucinógeno confundido con vida, o viceversa, Moondog tiene tiempo para cruzarse con tipos como su gran amigo Lingerie interpretado por un Snoop Dogg en plan Snoop Dogg, un Zac Efron pirómano y drogadicto en vías de rehabilitación, un Martin Lawrence capitán de un barco en el que curra llevando turistas a ver delfines. Mantiene una bella relación con su esposa e hija, dos mujeres que pudiendo reprocharle todo, lo entienden y lo aman.

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Su viaje (circular, pero viaje al fin) no está idealizado ni romantizado, el personaje de Moondog es auténticamente amoral. Carece de ley más que la que el momento le dicte. Puede ser un justiciero o robarle a un inválido, lo que la situación le inspire, lo que le parezca la salida más divertida o placentera en la aventura de turno. Moondog improvisa. Moondog se cree (se sabe) cool, inteligente, talentoso, carismático. Se conoce y conoce el mundo en el que vive, por eso sabe que si todo le importa lo suficientemente poco, puede pasarle por el costado a la vida sin mayor inconveniente. Sería fácil decir esto si la película se limitara a un racconto de fiestas, polvos y borracheras pero Korine pone a su Moondog a prueba mostrando que ni tan feliz derrotero se encuentra exento de tragedia. Funciona de manera similar a la tragedia de Delicias turcas (Paul Verhoeven, 1973), otra obra repleta de encanto y carcajada que en determinado momento no puede sino recordarnos que la vida no es color de rosa. Es uno de los momentos claves de la película, una transición magistral, tan sutil como abrupta, el momento más difícil para el protagonista, que lo combate manteniendo férrea su actitud ante la vida. Sin ser ajeno a la tristeza, Moondog continúa su vals de consciente y feliz autodestrucción, en palabras de Leonard Cohen, bailando hasta el final del amor.