Reseña: Il traditore

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Il traditore, la última proeza del octogenario Marco Bellocchio, narra un episodio importante de la historia su país: el destape llevado a cabo por Tommaso Buscetta, el primer miembro importante de la Cosa Nostra que, luego de que su familia fuera asesinada por una familia rival, decide romper el omertá, ese código de honor siciliano que se traduce como ley de silencio, en largos procesos judiciales que llevaron al encarcelamiento de una considerable cantidad de poderosos miembros de la mafia.

Película italianísima aunque también nos transporta a Brasil y a un par de ciudades estadounidenses, no escatima en personajes memorables. Empezando por el mismísimo Buscetta, un Pierfrancesco Favino formidable, cojudo, cuya cara ocupa buena porción del film y da gusto. Fuma, coge, morfa, escabia, mata y más, porque tiene un cuerpo y el cuerpo en el cine de Bellocchio es importante (inolvidable el momento del juicio en el que la ley del silencio queda físicamente literalizada). Anda en bici por el juzgado, tiene sueños buñueleanos, se tiñe las raíces en una celda. Un antihéroe con porte y actitud que no se siente un traidor porque cree que los traidores son los otros, que la Cosa Nostra era “la de antes”, que aquellos valores de antaño, por más que legitimen crímenes de los más terribles, se perdieron. Tommaso se planta tanto ante la mafia como contra el Estado. Un personaje complejo, humano, que se ubica sólidamente en el centro pero deja lugar a pintorescos retratos como el de ese siciliano que tiene que defenderse en juicio aunque solo habla su lengua, ni siquiera italiano, pero cuando tiene que arreglárselas en Norteamérica sabe hacerse entender con las manos y bien sabe decir five thousand dollars; o el miembro de la familia rival que durante el proceso judicial fuma cigarros, y no cigarrillos, según él por motivos terapéuticos.

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La historia está transversalmente atravesada por la historia pero la presión de la realidad jamás adelgaza el poder de la ficción. Porque al maestro jamás le tiembla el pulso a la hora de priorizar, como debe ser, el cine, por encima de lo político. Que por supuesto no solo está porque “todo es político” o alguna frase hecha por el estilo, sino que aparece explícito, en primer plano, y pisa fuerte. Y esa fuerza viene de la vitalidad con la que el viejo filma escenas de pura fuerza cinematográfica, que hacen sistema como piezas de relojería dentro de una historia impecable pero que a la vez tienen autonomía, conmueven, respiran, inflan el pecho.

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Esta dicotomía entre la Historia con mayúscula y la historia con minúscula la pone en diálogo con la otra gran película del (o que habla del) género estrenada en 2019, The Irishman. En el caso de Il traditore los personajes y hechos tomados de la realidad no solo encapsulan la narración sino que son el núcleo de esta, mientras en Irishman lo sociopolítico llega más tangencialmente, aunque afectando de manera no menos directa a los protagonistas. Ambas, por supuesto, están puestas en escena por dos tipos que conocen a la perfección el dispositivo y lo (nos) manipulan a gusto e piacere. La diferencia principal es que Scorsese parece filmar una despedida. Tiene ese pesar, ese aire melancólico como una sombra que cae en mayor o menor medida sobre todo el metraje. El doctor Falcone, uno de los personajes más importantes de Il traditore dice “al final uno se muere y listo”, y más tarde, el protagonista lo repite. La muerte puede estar a la vuelta de la esquina y no tiene sentido andar despidiéndose. Con esta convicción filma Bellocchio, que parece decirnos que no se va hasta que lo echen.