Soy tóxico: el bueno, el malo y el seco

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“¿Qué, perdiste la memoria? Guerra bacteriológica ¿no te dice nada? Conflicto en el hemisferio norte, hambre en el hemisferio sur. Cadáveres infectados del hemisferio norte, secos en el hemisferio sur”, le dicen a Perro (Esteban Prol), el protagonista, transeúnte sin identidad que sufre de amnesia, luego de salvarlo de un seco (especie de mutaciones-muertos vivos inspirados en los zombis templarios del clásico La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio). En esa acción y ese diálogo se definen las leyes que rigen el universo de la película. Enseguida se revela que el salvador era en realidad el villano, y comienza la acción. No hace falta más explicación, el resto es un conocimiento vasto de las claves genéricas del cine post apocalítptico y zombi, con un clarísimo anclaje estético en la trilogía Mad Max. Un trabajo muy logrado de dirección de arte, vestuarios, maquillaje y efectos que permiten a Pablo Parés (Plaga zombie, Daemonium, Kapanga todoterreno) dar rienda suelta a su película más seria. Normalmente, al trabajar con presupuestos tan limitados en géneros que suelen requerir un mayor gasto de producción, se incluye buena cantidad de elementos cómicos que convierten las limitaciones en parte de un estilo y de un código, pero en Soy tóxico el diseño de producción está realmente bien logrado, lo cual permite prescindir de ese recurso.

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El cóctel de géneros no se agota en esto: la película también tiene elementos de drama, pinceladas en forma de flashbacks encargadas de revelar poco a poco los misterios del argumento, escenas que no aportan nada nuevo pero sorprenden dentro de la filmografía de Parés, y que dentro de su brevedad funcionan bien. Rebosa de escenas de acción bien coreografiadas y sin dobles de acción, aunque muchas de ellas funcionarían mejor con una cámara menos movediza, que por momentos en su afán de generar vértigo solo da mareos innecesarios. Hay, por supuesto, terror puro y duro, en particular una escena con Sergio Podelei (recordado por interpretar al mulo del Negro Pablo en Okupas) da escalofríos, y los zombis son un deleite. Tal vez de forma más subrepticia el film presenta varios elementos y puntos de contacto con el western, y no son solo las armas y el desierto, la anomia de los personajes remite al forajido sin nombre que Clint Eastwood interpreta en la trilogía del dólar de Sergio Leone.

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La falta de nombre y de pasado del protagonista, bautizado “Perro” por los villanos (como el sin nombre de Clint es bautizado “Rubio” por Tuco en El bueno, el malo y el feo), es parte del conflicto, uno de los misterios que hacen avanzar la historia. En el caso del villano principal, excelsamente interpretado por Horacio Fontova (en quien se dibuja otro puente con el género, recordemos su participación en Aballay, aquel western criollo que bebe del spaghetti), la omisión es, como la de Leone, consciente y autoral. La incertidumbre es parte del personaje, oscuro, sin pasado, o con un pasado que intentó borrar pero aún se dibuja en cada surco de su curtido rostro, dando indicios indescifrables, como escritos en un idioma prohibido. Conoce el desierto, convive con el óxido, sabe tratar con los secos y se maneja por el universo en el que cayó en desgracia como un pez en el agua, desatado de toda moral. No está solo, lo acompaña su familia o lo que él llama familia: dos jóvenes (el ya mencionado Podelei y Gastón Cocchiarale) y una chica muda (Fini Bocchino), sin dudas la más interesante de los tres. Una sometida que, como la Linda de Carolyn Jones que ayuda al sheriff de Kirk Douglas en Last Train to Gun Hill a pesar de tener a los hombres poderosos del pueblo en su contra, es la única que se atreve a desafiar la implacable autoridad del patriarca. Ella y Fontova (sobre todo este último) se devoran la película al punto de que por momentos el director elija contar desde el punto de vista de la familia antagonista, casi equilibrándolo con el del protagonista.

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La historia no es nada nuevo y el guion tal vez tenga algunas fallas, pero el terror post apocalíptico es prácticamente terreno virgen en el cine vernáculo y requiere mucho coraje y creatividad para resolver situaciones que parecen exceder los presupuestos limitados. Soy tóxico tiene ambos.