Reseña: Suspiria 2018

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            Como Luca Guadagnino aclaró, uno de los estrenos más esperados de este verano no es una remake, sino más bien un homenaje. Homenaje que parece que mucho no gustó al director de la original Suspiria, Darío Argento, según dejó ver en algunas entrevistas. Pero acá no vamos a hablar del pasado -de la película- sino de lo nuevo de Guadagnino.

            El director italiano ya se había ganado el amor del público y de la crítica con su Call by your name (2017) y se lo jugó con esta incursión al género de terror/horror. Creemos que, a fuerza de suspiros, sale airoso. Suspiria es una película enigmática, tensa, por momentos gore, que lleva a los espectadores desde la ansiedad hasta la emoción. Tiene escenas completamente bellas y otras que llevan a niveles de incomodidad difíciles de soportar. Guadagnino propone tres cambios importantes en su homenaje. Es un poco más extenso: la película que se estrenó el 31.01 en cines argentinos dura una hora más que la de Argento. Es un guion más complejo: se abre una subtrama -no tan secundaria- sobre el contexto político que en la original no estaba. Apuesta a lo coreográfico como forma narrativa: la danza es contemporánea, expresiva y está muy presente en el film (hasta volverse un poco repetitiva antes de ser ritual).

Suspiria

            Susie Bannion (Dakota Johnson) llega a Berlín desde Ohio, Estados Unidos, para ingresar a la Academia de Danza Markos. Es 1977, el muro está en pie y los atentados a la orden del día. Al principio, el mundo hostil del afuera -no solo en la convulsionada Berlín sino en la sugerida historia represiva familiar de Susie- se compensa con la calidez del interior de la Academia. Afuera llueve todo el tiempo, hace muchísimo frío, todo es gris y anónimo. En el bellísimo edificio donde funciona la Academia las mujeres se conocen entre sí, son solidarias -sororas, por qué no- brindan a Susie no solo un lugar en el grupo sino un hogar donde vivir mientras hace lo que siempre quiso hacer: bailar. El empoderado cast predominantemente femenino ofrece una variedad de cuerpos y personalidades para todos los gustos. Las mujeres de la Academia Markos son más o menos flacas, más o menos viejas, más o menos altas: pero son todas fuertes y admirables. Pese al ámbito siempre competitivo de la danza, en la Academia se vive un clima de compañerismo y colaboración. Al menos al comienzo.

            Esa calidez, que asombra incluso a Susie a quien reciben como una hermana apenas la conocen, se va volviendo rígida y tensa a medida avanza la trama. No tardamos mucho en relacionar a la desequilibrada Patricia Hingle (hermosa pero breve Chloë Grace Moretz) del comienzo del film con un conflicto de poderes dentro de la Academia. La desaparición de la joven Patricia no solo es lo que le da un lugar a Susie -que duerme en su cuarto, bailará su rol- sino al misterio que crece hasta develarse. Y sin hacer demasiado spoiler podemos decir: la Academia Markos es un aquelarre.

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            Que estas fabulosas mujeres, tan amorosas y tan rígidas sean brujas no parece ser un problema -al menos para mí o para Susie-, el tema es cuando comienzan los conflictos internos por el desacuerdo a la hora de hacer un sacrificio ritual. No decimos más, lo que está un poco sugerido al comienzo estalla en nuestras caras en forma de pesadillas, pasadizos secretos, hechizos hechos y derechos. Sangre, bastante sangre, comienza a brotar en la pantalla y ya estamos disfrutando de lleno con el misterio de qué más oculta la Academia. Madame Blanc (Tilda Swinton) es la encargada de ir conduciéndonos con mesura por este camino de locura que también van transitando los personajes.

            Pero la tensión que se va generando pierde “fuerza” o, al menos, tiene un contrapeso importante en la trama que sigue al único personaje importante masculino, el doctor Josef Klemperer que, para los distraídos: está encarnado por Tilda Swinton también (que, estén atentos, hace un ¡tercer papel!). Si quedaba algún miligramo de duda acerca de la bestia actoral que es esta mujer, ver al psiquiatra anciano recorrer las calles llenas de nieve para ir a la casa en la que vivía con su mujer -desaparecida- a comer un sándwich de queso y mirar la nada basta para despejarlo. Las lágrimas del final me las sacó esta interpretación, debo decir, y no las tripas y los degüellos. La humanidad y vulnerabilidad del personaje de Josef contrastan con las de las mujeres fuertes que dirigen la Academia -y también a las chicas más jóvenes aunque ellas no lo sepan-.  Está en la historia del doctor depositada la carga más histórica y más emocional -de hecho, al final Guadagnino toma una decisión un poco extraña para mi gusto con respecto al guion en este sentido-. Pero, como decíamos, un poco en detrimento de la tensión generada por lo que ocurre en el interior de la Academia. Sin embargo, cierra esta segunda trama en el sentido de que el “pasado” de la historia personal de Klemperer -que es el pasado histórico-, pero también un pasado más ancestral y siniestro, es una fuerza indomable que conduce a la acción.

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            Cuando el afuera pierde fuerza y el adentro se intensifica es que Suspiria alcanza sus puntos más intensos, más álgidos, más difíciles y disfrutables de ver. Pequeños saltitos en la butaca, para los impresionables tapadas de ojo con las manos, algún “ay” de impresión. La escena penúltima es una fiesta visual para los amantes del género.

            La música de Thom Yorke no hace mucho la diferencia, pero se deja escuchar. Las interpretaciones son muy buenas, incluso, la vacía expresividad de Dakota Johnson le juega muy a favor en su papel. Mia Goth, Elena Fokina, Angela Winkler, Ingrid Caven, Sylvie Testud, Jessica Harper (la protagonista de la “original”) suman a un cast femenino fuerte y cautivante, poderoso, convincente, ¿quién dudaría de que son brujas? La fotografía es bellísima, el frío de Berlín y de las construcciones contrasta todo el tiempo con la pasión dolorosa de las coreografías. La estética de las visiones -en los sueños y en la vigilia- es hermosa y pesadillesca. Visualmente es una película que, al ser tan extensa, lleva un tiempo de decante. Salimos del cine con los ojos un poco salpicados de sangre, un poco llenos de lágrimas, confundidos, extasiados, agotados, pero satisfechos.