El discurso que no se ve: Sobre el cine de José Celestino Campusano.

Escribir un artículo de este estilo siempre es un poco incómodo. Presenta algunas dificultades entre las cuales principalmente hay una que es la más difícil de sortear, por lo menos en mi caso: No ser mala leche.

Es siempre complejo y difícil opinar del trabajo ajeno, también lo es no hacerlo de forma positiva, y todo se vuelve un poco más intrincado cuando la opinión que se plantea es claramente contra-mayoritaria y perteneciente a un sector mínimo de la cinefilia local (porque lo cierto es que si hay algo que tengo muy en claro es que mi punto de vista sobre la obra de Campusano no es el más popular ni mucho menos).
Quizá el problema que me lleva a escribir este artículo no sean en sí las películas del realizador, sino la suerte de mística y el sin fin de palabras y discursos que se articulan detrás de ellas,  que exceden ampliamente lo que está en imágenes.

En definitiva lo que ocurre es que tanto un gran sector de la crítica local, como el propio realizador, intentan remarcar, de palabra, determinadas cuestiones a sus películas para implicarles un valor y significancia que, en última instancia, no puede apreciarse cinematográficamente.
Se ha hablado mucho en los últimos años sobre la militancia de Campusano, sobre su independencia y también acerca de sus métodos de producción que lo distinguen por sobre cualquier realizador del ámbito local. Inexplicablemente poca gente (prácticamente nadie) ha hablado de lo que efectivamente aparece instalado discursivamente en la pantalla.

La obra de Campusano.

José Celestino Campusano es un outsider, de eso no quedan dudas. Tampoco de su compromiso social. Cabe mencionar que la primera vez que estuve frente a él en persona fue cuando con un montón de compañeros intentábamos evitar que nuestro querido IDAC fuese destruido por las autoridades municipales. En ese contexto, José, fue de los pocos realizadores que se acercó a conversar y apoyar nuestra pelea. Discutir sobre esto, o ponerlo en duda, sería caer derrotado en el obstáculo que intento sortear.
El problema es que esta vocación de Campusano no implica necesariamente tener la capacidad para poder plantear, en el marco de una película, diferentes problemáticas sociales con las que él se vincula.

campusahJosé Celestino Campusano

Campusano estudió cine durante dos años en el mencionado IDAC y luego decidió ser un autodidacta. Su primer reconocimiento como realizador se dio con su mediometraje “Bosques”, una co-dirección con la que llegó a Locarno. Esta suerte de documental/ficción, en mi opinión su mejor obra, es la que menos se asemeja al resto de sus películas, con un tratamiento mucho más intimista e incluso una estética bastante diferente a la que tomaría más adelante.
Después legaría su primer largometraje “Legión, tribus urbanas motorizadas”, un documental sobre una serie de grupos de motociclistas de la periferia bonaerense, donde introduciría a un personaje mítico y reiterado en su filmografía: El Vikingo.
Luego de “Legión…” nos encontramos con el primer punta-pié con el que Campusano decididamente se instalaría con un nombre ascendente en la crítica local, y también dentro del mundo de los festivales. Esa película es “Vil Romance” en la que el realizador explora la temática gay en el seno de un escenario marginal y periférico de la provincia de Buenos Aires.
Luego llegaría Vikingo, la película que lo consolidó dentro del panorama local. Más tarde encontramos una producción colectiva de la cual realmente no hay mucha información llamada “Paraíso de Sangre”, y finalmente su seguidilla de películas consecutivas: “Fantasmas de la ruta” (una serie de TDA que terminó siendo un film de más de 3 Hs. de duración) “Fango”, “El Perro Molina”, y la reciente “Placer y Martirio”.
En todo este último recorrido, con excepción de “Placer y martirio”, hay una suerte de sendero común. Historias caracterizadas por personajes marginales en situaciones límite, plagadas de una violencia y crueldad, respecto de la cual el autor sostiene que no se regocija, sino todo lo contrario. Si Haneke oculta la violencia para condenarla, Campusano la explicita en un extremo que a mi entender es estigmatizador e inverosímil.

Lo que está en la pantalla

Sostengo que el discurso de Campusano es estigmatizador porque plantea escenarios absolutos, de “Todo y nada”. En los espacios donde transitan los personajes de Campusano, no hay humanidad. La contradicción no aparece. Todo parece avanzar como un tren, que lejos está de la cotidianeidad que el realizador intenta plantear.
Los personajes no tienen matices, y si por casualidad alguno de ellos osa dudar, ese obrar es chabacano y burdo. La decisión (en sus comienzos) de trabajar con no actores, le juega en contra, porque lejos de hacerlos desenvolverse en un terreno habitual para ellos, fuerza la realidad, polarizándola a niveles inexistentes.
Existe en nuestra concepción la idea de que el trabajo con no actores supone un mérito en sí mismo, esto aparece como destacado en el cine de Campusano. Personalmente considero que no es así. Como cualquier decisión realizativa, la elección de trabajar con no actores, debería suponer una fundamentación, no sólo ideológica sino también cinematográfica. En lo que plantea Campusano hay una fuerte contradicción en este sentido, ya que el modo con que él abarca a los intérpretes aleja notoriamente al espectador de esa realidad con la que intenta impregnar la pantalla.
Campusano brinda una imagen del conurbano bonaerense parcializada, estigmatizadora y recortada. Pareciera que en un asentamiento la única forma de solucionar un conflicto es “a los tiros”, Fango es un claro ejemplo de esto. Esta visión es contradictoria y extraña proviniendo de un autor que conoce bien de lo que habla.
La estigmatización aparece entonces como una consecuencia de la poca profundidad con la que el realizador construye a sus personajes, utilizando y cayendo en todos los estereotipos posibles. El rol de la mujer en muchos casos también es susceptible de ser cuestionado, ya que si bien es posible entender que realmente las mujeres de los escenarios que plantea Campusano actúen de forma sumisa frente a la fuerza del hombre, no hay en la mirada una crítica hacia esto.
Describir la realidad tampoco es un mérito en sí mismo, sobre todo cuando no se percibe una idea sobre aquello que se presenta. Todo termina siendo entonces un mero pantallazo de la crueldad de determinados espacios o situaciones que resultan planas y sin ningún tipo de ejercicio reflexivo.
La pregunta entonces sería si necesariamente la obra de Campusano tendría que reflexionar y posicionarse frente lo que nos muestra como una descripción de lo real. Por supuesto que no. Desde mi óptica muchas veces existe una postura pretenciosa e injusta de la crítica y el público especializado en cargarle al cine con la obligación de expresar una claridad ideológica y una toma de posición sobre todos los temas acerca de los que se habla, algo que no sucede con el resto de las artes, o al menos no con la misma intensidad. El problema en este caso vuelve a ser la propia vocación del realizador de expresar constantemente la existencia de un mensaje que, en los hechos, no está.

El caso de “El Perro Molina”

Para poder explicar mi punto de vista de forma más clara voy a tomar a modo de ejemplo El Perro Molina, film que inexplicablemente estuvo seleccionado en la competencia internacional del último festival de Mar Del Plata. Digo inexplicablemente porque no existe un criterio razonado que pueda justificar esta decisión más que un capricho fetichista de los programadores del festival (sí, es cierto que un punto todos los festivales son así, pero en este caso no se encuentra un punto de anclaje que permita entender esta decisión, toda vez que se trata de una película que no tiene nada que la destaque del resto de los films nacionales seleccionados en la competencia Argentina o en las secciones paralelas, lo cual redunda en una clara decisión esnobista de los programadores).
En El Perro Molina, Campusano, toma las todas decisiones contradictorias entre lo que él sostiene que expresa en la película y lo que finalmente se aprecia en ella.

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“El perro Molina” de José Celestino Campusano

Recuerdo haber visto la película en la proyección de prensa del festival. Al terminar la función, Campusano comentó a la audiencia que a él le interesa contar historias reales, de cosas que suceden todos los días, donde hay personajes que pueden existir en el mundo que habitamos. Luego expresó que esta visión que él plantea se destaca y aleja del cine como industria, ya que toma la decisión de correrse de los estereotipos y dotar de humanidad a sus personajes. Por último agregó que en sus películas la violencia no es gratuita: En su cine cuando alguien muere se justifica por sus acciones, existe entonces una suerte de Karma que persigue a los personajes quienes a su vez enfrentan dilemas y contradicciones entre lo que quieren y deben hacer. Bueno, nada de esto aparece en la película, nada.
Campusano presenta personajes completamente chatos y linéales, desde el Perro Molina, hasta esa caricatura con la que decide construir la figura de un esquizofrénico. Es este último personaje el más representativo de esta contradicción: se nos muestra en pantalla a una persona que corre y salta en cada plano con un revolver en la mano, actuando de una forma completamente irrisoria, casi como en un sketch de Capusotto.
Nuevamente, aquí el problema no es esa construcción que efectúa el realizador, tan válida como cualquier visión, sino la idea que se supone que sustenta discursivamente.

Para cerrar considero importante retomar y recomendar la lectura de una nota delirante que escribía Quintin para La agenda de la ciudad de Buenos Aires, a propósito del estreno de “Placer y Martirio”, en el último BAFICI. Aquel artículo (que prácticamente no hace mención a ningún aspecto cinematográfico de la película en concreto), titulado “La batalla por Campusano”, resultó una invitación a tomar las calles para defender al realizador frente a la horda de críticos y detractores que supuestamente saldrían a su caza debido a la lejanía que existe entre su estética y la del festival porteño. Este realizador que, en palabras del autor de la nota “No fue aceptado por la cátedra BAFICI” terminó siendo galardonado con el premio a mejor director, vaya contradicción.

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